Tierra de nadie

No habría que jubilarse nunca

Teníamos la solución ante nuestras propias narices pero ha tenido que venir el primer ministro sueco, el conservador Fredrik Reinfeldt, a descubrir la viga maestra en la que debe apoyarse la sostenibilidad de los sistemas públicos de pensiones. El secreto no está, como se pensaba, en que haya más trabajadores en activo para pagar a los jubilados sino que haya menos jubilados a los que pagar, algo que se conseguiría aumentando la edad de retiro de los trabajadores hasta los 75 años, toda vez que no hay consenso sobre la eutanasia activa obligatoria. Con ello se evitaría además ese mortal aburrimiento que invade a los pensionistas, sobre toda ahora que ya no quedan apenas obras para mirar bajo el tibio sol de invierno.

El descubrimiento de Reinfeldt viene a ser la piedra filosofal del Estado del Bienestar, aplicable desde luego a áreas como el pago del subsidio de desempleo, cuya cuantía se reduciría bastante si se considerase que un parado no es aquel que pierde su trabajo sino el que está tres años seguidos sin trabajar, o a la propia Sanidad, que se empeña absurdamente en prolongar la vida de los enfermos sabiendo que en algún momento tendrán que morirse.

El sueco no deja nada a la improvisación. Tiene en cuenta, por ejemplo, el desgaste físico y mental que provocan algunas profesiones, y sugiere que los trabajadores afectados se dediquen a otra actividad más relajada. Así, si un albañil empieza a tener dificultades a los 70 años para escalar a lo más alto del andamio, lo suyo es que abandone el mortero, se haga taxista y se instale un cubreasiento de bolitas de madera, que es lo más para las cervicales. Dado que Suecia aplica desde 1990 un mecanismo automático de equilibrio que reduciría el importe de las pensiones actuales y futuras si el sistema entrara en crisis, la visión de futuro de Reinfeldt es encomiable.

Tenemos la manía de volver la espalda a cualquier idea novedosa que intenta preservar los beneficios sociales que, lejos de haber conquistado, se nos han concedido graciosamente. Desdeñamos avances como éste, que nos conducen a toda máquina hacia el siglo XIX.