Opinion · Tierra de nadie

Dos y dos son cuatro

Éste es un pueblo que tiene atravesadas las matemáticas, y de ahí procede buena parte de nuestro atraso secular. Números siempre hemos hecho, especialmente a final de mes, pero hay que reconocer que lo que mejor se nos ha dado han sido las letras, las que entraban con sangre y las que teníamos que pagar al banco, con sangre también.

Esta dificultad para la aritmética ha determinado fatalmente nuestro comportamiento, incluido el de aquellos que  tendrían que besar por donde pisaba Euclides, a quien cabe atribuir el manual de matemáticas más antiguo del mundo. Véase si no a la clase empresarial patria y su predilección por los números redondos en vez de por los porcentajes, que no dejan de ser fracciones que complican mucho la vida. Si se podía duplicar o triplicar la inversión con un buen pelotazo inmobiliario, ¿para qué hacer cuentas y ganar un 15% produciendo tornillos? Va a resultar que del suspenso colectivo en álgebra deriva el modelo productivo que padecemos.

Escandalizó mucho que la alcaldesa de Madrid no supiera sumar peras y manzanas, aunque es casi seguro que lo suyo no era catolicismo rancio ni homofobia en vena sino un problema de aptitud para el cálculo, el infinitesimal y el otro. Mayoritariamente privados de esta habilidad, comenzamos a sentir un respeto reverencial por todo aquel que no tiraba a la papelera las páginas salmón de los periódicos. Desde los López, aquellos tecnócratas de los años 60 del siglo pasado y sus planes de desarrollo, hemos considerado a los responsables de Economía los chamanes de la tribu, porque leer el futuro en las tripas de un cuervo no será fácil pero interpretar los datos trimestrales de la Contabilidad Nacional con base 2008 es para nota.

Es ahora cuando empezamos a darnos cuenta de que hay mucha pose en estos brujos y que su mérito no pasa de confirmar que hace sol cuando es de día y que si llueve nos calamos. Es discutible incluso que dominen las cuatro reglas básicas ya que, de hecho, los últimos sólo han mostrado capacidad para las restas, aunque dejar el cargo y ponerse a multiplicar sus ingresos ha sido uno. No vamos a llamarles piratas, por mucho que Solbes le birlara unas elecciones al PP negando la crisis y con un parche en un ojo.

De Guindos, nuestro último nigromante, está empezando a tener problemas con las cifras y eso empieza a ser perceptible hasta para los que sólo dominamos la cuenta de la vieja. ¿Recuerdan que los Presupuestos de 2012 preveían un déficit del 5,3%? Pues bien, días después se aprobó un tijeretazo de 10.000 millones (el 1% del PIB) en Sanidad y Educación, lo que en buena lógica debería haber reducido el déficit hasta el 4,3%. Esta semana hemos sabido que se planean nuevos de recortes de hasta 30.000 millones de euros, que quizás se lleven por delante la paga extra de Navidad de los funcionarios y sus compras de polvorones de La Estepa. ¿Nos estaremos acercando al superávit? Pues no.

La suma de recortes no resta nada al déficit sino que lo incrementa, algo que dice muy poco de la habilidad del ministro de Lehman para los guarismos. A De Guindos y a su jefe le está fallando además esa regla de tres que nos habían explicado en la pizarra, según la cual a más ajustes –reformas, dicen ellos- más confianza y menos prima de riesgo. La conclusión no puede ser más obvia: esta gente va justita de matemáticas. Como que dos y dos son cuatro.