Opinion · Tierra de nadie

Lecciones de Aznar, el estadista

Desde que el extesorero con las patillas más grandes de Sierra Morena iniciara su espectáculo circense, el estadista con bigote más portentoso que vieron los siglos se hallaba en paradero desconocido, eclipsado quizás por ese descomunal talento que su santa despliega en la administración municipal madrileña, o entretenido en contar batallitas a sus nietos, necesariamente de Irak, un trabajo hercúleo donde los haya porque no siempre los críos aciertan a ver en el mapa dónde estaban exactamente las armas de destrucción masiva de Sadam Husein.

Sobreponiéndose a todos estos inconvenientes, Aznar comparecía ayer en la presentación del libro de un señor peruano y liberal –la duda ofende- para impartir una nueva lección magistral, llena de sobreentendidos, para que los pobres mortales se estrujen las meninges y extraigan las valiosas enseñanzas que se destilan de esas parábolas suyas dictadas con el tono triste y monocorde que le es habitual.

Antes era todo más sencillo. ¿Quién no entendía su “márchese señor González”, su “España va bien” o su inmortal “estamos trabajando en ello” aunque lo dijera, en este último caso, en chicano cerrado? Ahora, en cambio, el patriarca exige ser interpretado por aznarólogos diplomados, cuya misión es traducir al román paladino sus cargas de profundidad. Así, cuando apela a las instituciones políticas para “restaurar la ejemplaridad, la transparencia y el valor de las leyes, en cuya pérdida se encuentra el origen último de la crisis”, lo que en realidad está diciendo es “ya te vale Rajoy con lo de las cuentas y a ver, de paso, cuándo metes en el talego a Artur Mas”.

Como ven, hay que hilar muy fino. Si el alcalde consorte afirma que “es insano que se quiera impedir que gobierne quien tiene la legitimidad y debe hacerlo”, es posible que esté atacando al PSOE, a la oposición en general, a los sindicatos, al 15-M o al conjunto de los ciudadanos que toman las calles porque se les ha dejado en el paro o se les ha metido la mano en la cartera. Pero cuando denuncia “que se quiere hacer del Estado de Derecho un espectáculo, que es lo contrario de la ejemplaridad” y critica “que se difunda una sospecha general sobre todo” no hay duda: arrea a los jueces Ruz y Gómez Bermúdez que se pelean por investigar los papeles de Bárcenas y, posiblemente, a la prensa que menciona que él también cobró algún que otro sobresueldo.

Aznar es un referente al que le duelen España y los abdominales, de tanto que los castiga. ¿Acaso no fue un pionero en eso de salir del país a buscar trabajo cuando las cosas se pusieron feas, ya fuera en la nómina de Murdoch o a sueldo del lobby israelí? ¿No fue el suyo un modelo a seguir para tantos y tantos jóvenes talentos? “Queremos afianzarnos en la realidad”, proclamaba ayer. Traducido: éstas son lentejas.

De este hombre siempre será admirable su desfachatez y su soberbia. Que el tipo que abanderó una guerra sustentada sobre una gigantesca mentira en la que han muerto decenas de miles de personas se atreva a dar lecciones de ética y siga sin pedir perdón por ello es todo un ejemplo de superación para tímidos, acomplejados y tartamudos. Cualquier día le veremos anunciando el Inglés con Mil Palabras del profesor Maurer y apreciaremos lo que realmente vale.