Opinión · Tierra de nadie

La guerra de las lenguas

Tuvo un servidor una novia andaluza que al rubor o la vergüenza la llamaba fatiga y a la fregona chupacharcos. He sabido recientemente que esos giros tan simpáticos se debían a que, en realidad, no hablaba español sino leps, que como todo el mundo sabe no es un diodo mal escrito sino el acróstico de lengua española propia del sur, variante granadina en su caso. Lo mío, según caigo ahora, es un don de lenguas para el que no ha hecho falta que una llamita se posara en mi cabeza en Pentecostés, como les pasó a un grupo de discípulos de Jesús que, para extender el cristianismo, tuvieron que hacerse políglotas a toda prisa porque aún no se había inventado el Home English. El don me dura porque entiendo sin dificultad el argentino, el chileno y, por supuesto, el costarricense.

En Aragón, el PP y el PAR han corregido por fin esa anormalidad de que miles de ciudadanos de la comunidad creyeran hablar en catalán cuando en realidad lo que hacían eran farfullar respectivamente el lapao si estaban al norte de Zaragoza o el lapapyp, si se encontraban a pie de los Pirineos o en plena montaña. Los aragoneses son patriotas por definición desde los tiempos de Agustina de ídem, quien por cierto se apellidaba Saragossa y Domènech, dos apellidos claramente españoles. En consecuencia, hablan el español o en su defecto el aragonés en sus diferentes vertientes geográficas.

Es un error muy común que también afecta a algunos países de Europa. En Austria, por ejemplo, creen hablar el alemán en vez del austríaco y en Bélgica, en vez del belga, dicen entenderse en francés o en flamenco, que, por cierto, habría sido un buen nombre para el leps pero ya estaba cogido. Aragón lo ha corregido a tiempo, porque se empieza hablando catalán y se acaba montando un consejo nacional de transición a la independencia.

Lo del nacionalismo con las lenguas es un juego muy peligroso porque desvirtúa su propia esencia, que no es la incomunicación de Babel y su torre sino justamente lo contrario. Las lenguas se inventaron para que la gente se entendiera y no para que se mantuviera aislada. No son un criptograma con mensajes cifrados sólo al alcance de los poseedores del código secreto sino instrumentos de comunicación con los que se logra expresar desde el amor al odio, y hasta decirle al camarero que te pase algo más el filete antes de que salte del plato. Basta con visitar una localidad de frontera para apreciar que sus habitantes, para entenderse con el vecino, hablarán lo que sea menester, y si se trata de venderle algo chapurrearan incluso el sánscrito.

Las lenguas no se crearon para enfrentar sino para unir, aunque lo habitual de los nacionalismos -el español, en este caso, pero también el catalán o el vasco-, es convertirlas en el ariete de unas naciones que, como  todas –la española, la catalana o la vasca-, no dejan de ser invenciones de unos señores que impusieron por el artículo 33 sus mitos y sus héroes, y hasta definieron la fecha exacta en la que había que rendirlas honores, ya sea el 12 de octubre o el 11 de septiembre.

De esos polvos viene el lodazal de la ley Wert, por ejemplo, y su misión histórica de españolizar a los niños catalanes, como si el sentimiento nacional tuviera que asociarse indefectiblemente a la lengua. ¿Se sentirán ingleses en Ohio porque hablan inglés? Y también que, a falta de otros rasgos identificativos, el catalán haya sido promovido al rango de hecho diferencial de Cataluña, cuando en realidad lo diferencial es el idioma en sí pero no es el idioma lo que hace diferente a Cataluña del resto, si es que existen diferencias entre un catalán y un andaluz más allá de los tópicos de rigor.

El papanatismo es transfronterizo. Tan surrealista como defender que hablar lapao en vez de catalán españoliza al sujeto o, al menos, no lo catalaniza, es argumentar que el catalán –un idioma que hablan más de ocho millones de personas, desde Cataluña a Valencia, pasando por Aragón, Andorra, Francia (el Rosellón) y hasta Italia (Alguer)- está en peligro, como si fuera una reminiscencia que pudiera compararse al tapiete, el wichí, el saliba o el iwaidja. La lengua de Espriu, de Carner, de Pla o de Mercè Rodoreda goza afortunadamente de buena salud.

El éxito del modelo educativo de Cataluña es evidente, como lo es que el bilingüismo enriquece a cualquier comunidad. Sin embargo, a algunos nacionalistas de uno y otro bando les cuesta entender que un idioma no se defiende declarando la guerra al de al lado. Tampoco se logra gran cosa con los guiños de complicidad, una costumbre arraigada en diarios catalanes y también en éste en el que escribo, y que consiste en la ‘traducción topónima”. Se entiende al parecer como un signo de respeto llamar Catalunya a Cataluña cuando se escribe en español, aunque a nadie que redacte en catalán se le ocurra usar España por Espanya, con buen criterio además. Habría que pensar por tanto en lo irrespetuosos que somos con los británicos cuando hablamos de Londres en vez de London, y de ahí, quizás, la tirria que nos tienen.

De todo este embrollo, las lenguas son completamente inocentes. Ni el español –o el castellano- ha pedido ayuda a los patriotas del PP ni el catalán ha hecho lo propio con sus modernos almogávares. A ver si nos entendemos.