Opinion · Tierra de nadie

La manta

Lo que nos distingue como país no es el sol ni la tortilla de patatas sino la manta. Es cierto que el edredón se está abriendo paso, especialmente desde que conocimos los  Ikea y descubrimos que hay otro mundo más allá de las estanterías Billy y los futones, pero aquí a la manta le tenemos verdadero apego: están las zamoranas, las de algodón, esas acrílicas de sofá para ver Las Bandidas y, por supuesto, las de tirar.

Estas últimas son famosísimas. Desde que Roldán las pusiera de moda hasta la más reciente de Diego Torres, el socio de Urdangarin que con sus e-mails dosificados ha patentado la manta 2.0, cada nuevo caso de corrupción incluye un capítulo especial en el que el protagonista amenaza con tirar de la susodicha con gran alarma colectiva. Como no podía ser de otra forma, al clásico deshabillé se ha sumado Luis Bárcenas, del que ya se venía diciendo que la suya era de cama de matrimonio y que si tiraba de ella muchos quedarían –bastantes lo han hecho ya- con las vergüenzas al aire.

Curiosamente, la que hemos visto en manos del extesorero es la más parecida a las mantas que acuñaron la expresión, esos lienzos que se colgaban en las iglesias siglos atrás con una relación pormenorizada de judíos conversos, con la diferencia de que aquellas listas se hacían para que los que allí figuraban y sus descendientes no recibieran ni agua por “impuros” mientras que la de Bárcenas da cuenta de los dirigentes del PP que no han dejado de llevárselo a manta de Dios por ser, precisamente, la ‘pata negra’ de la derecha española.

El encarcelamiento del hombre de las patillas tiene al PP muy alborotado, ya que en el pandemonio de sobres, sobresueldos, gastos de representación, préstamos a tipo cero y a fondo perdido y ayudas a la rehabilitación de viviendas y chalés nadie sabe muy bien qué se ha repartido, a quién y dónde, y el temor a que aparezcan cuentas en Suiza, recibís de ‘fondos reservados’ y latrocinios diversos de los que hubieran podido beneficiarse próceres del partido ha sido una constante diaria.

Este temor hace posible entender el trato privilegiado que Bárcenas ha recibido del PP, por cuya inocencia –“nadie podrá pobrar que no es inocente”- Rajoy ha puesto la mano en el fuego tantas veces que sorprende que la extremidad del presidente no sea ya un muñón irreconocible y tiznado. Únicamente el pánico a que cantara la marimorena explicaría que, tras más de cuatro años de instrucción judicial, haya seguido cobrando del partido hasta enero, ya fuera salario o esa indemnización diferida finiquitante que tan famosa hizo a Dolores de Cospedal. Por cierto que, para evitar correr la suerte de esos actores a los que sólo se recuerda por una serie de televisión, la secretaria general trata de superarse, aunque sea con comunicados como el de ayer en el que se valoraba en 17 palabras el ingreso en prisión: “El Partido Popular manifiesta, como ha hecho siempre, respeto a las decisiones judiciales en todos los procedimientos”. Bravísimo.

Mientras Bárcenas medita sobre si tira de la manta o únicamente de la sábana, que para eso le han metido al trullo en verano, alguien en ese partido debería liarse la suya a la cabeza y exigir responsabilidades a quienes le pusieron al frente de las finanzas y le ampararon, a quienes consintieron un reparto cuasi secreto de los fondos públicos de los que fundamentalmente se nutren las fuerzas políticas, y a los que hicieron la vista gorda ante el saqueo del que se nutrió la trama Gürtel, de la que ‘Luis el cabrón’ es un mero exponente. El silencio es tan indecente como afirmar que todo es falso menos algunas cosas.