Tierra de nadie

Aznar, un pedazo de asesor geopolítico

Con Aznar hay que quitarse el sombrero y hasta la gorra de lana. Cualquiera se habría conformado con ser el estadista con bigote más preclaro que la patria ha dado al mundo, pero el expresidente de las 2.000 abdominales diarias, el fondista más afamado que ha pisado la Moncloa, no es de los que viven de glorias pasadas. Se equivocaban quienes pensaban que su denodada búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak o de la conexión de ETA y el 11-M consumirían su tiempo y le distraerían de metas más elevadas. Decía Balzac que la gloria es un veneno que hay que tomar en pequeñas dosis pero este hombre se la bebe a morro en plan botellón. De ahí que las multinacionales se lo rifen y lo sienten en sus consejos, aun a riesgo de que ponga los pies en la mesa y les raye la caoba.

La última en ganar la tómbola ha sido la auditora KPMG, cuyo presidente John Scott, en vez de elegir el tradicional perro piloto, se ha hecho con los servicios de Aznar como asesor sobre cuestiones geopolíticas y macroeconómicas, que de eso el español es una eminencia certificada por la Universidad de Georgetwon y FAES. Al parecer, el del PP habría empezado a asesorar a Scott hace meses pero lo habría mantenido en secreto, ya fuera por pudor o por la envidia que despertaría en otro expresidente como Felipe González, que no pasa de ser consejero de Gas Natural.

No es lugar aquí de repasar los incuestionables méritos que adornan la figura de Aznar, empezando por ese pelazo que le haría modelo de Grecian 2000 si fuera preciso. Sus capacidades le dan para estar a sueldo de Murdoch y de los negacionistas del cambio climático, para ser lobbista de Israel y de la industria petrolera, para recibir cheques de Endesa o de la inmobiliaria JER Partners, que de burbujas entiende un rato, y hasta para aconsejar a los buscadores de oro de Barrick Gold porque, como se ha dicho aquí en alguna otra ocasión, este tipo es una mina y descubre diamantes en bruto como Rajoy.

Tal ha sido crecimiento personal, tal la exhibición de internalización que ha hecho de Fazmatella, su empresa y la de su señora alcaldesa –cuya honestidad le impedirá declarar como gastos deducibles sus clases de inglés-, tal su manera de hacer las Américas, las Europas y las Oceanías que España entera anda perpleja y Cataluña también pero en la intimidad soberanista.

De la escasa confianza en que nuestros líderes pudieran valerse por sí mismos al dejar la presidencia surgió lo de abonarles un sueldo vitalicio, idea implementada por Zapatero por razones que algunos maledicentes encontrarán obvias. Por si con esto no llegaban a fin de mes, se les hizo también miembros permanentes vitalicios del Consejo de Estado, para que, por lo bajo, no se levantaran menos de 150.000 euros al año, que es la soldada que percibe el leonés de Valladolid, entretenido ahora en juntar letras para un libro editado por ese mecenas de políticos en retirada que es Lara, el de Planeta.

González no ha llegado a ocupar su puesto en el Consejo y en el caso de Aznar fue el Consejo quien le hizo renunciar por manifiesta incompatibilidad (Suárez, enfermo desde hace años, sólo cobra el sueldo de expresidente). Ni uno ni otro han expresado voluntad alguna de dejar de pasar la boina al Erario público, en una muestra evidente de que el metal será vil pero crea fuertes consensos.

Ya hay quien ha puesto el grito en el cielo con el argumento de que no se puede estar al mismo tiempo a lo privado y a lo público, a setas y a rolex, ya que cuando Aznar, por ejemplo, clama contra los impuestos altos puede estar pensando en sí mismo y en su máquina de hacer billetes. Falso de toda falsedad. Nuestros prohombres sólo viven para conseguir que los españoles se olviden de la crisis. Por algunos habrá que empezar.