Opinión · Tierra de nadie

Rajoy, el líder providencial

De la misma forma que los musulmanes han de peregrinar una vez a la Meca a lo largo de su vida, los presidentes del Gobierno deben viajar a Washington en algún momento de su mandato y postrarse de hinojos ante el comandante en jefe del Imperio, que si algo tiene bueno es que siempre se deja hacer fotos con las que presumir ante la familia.

Siguiendo esta ancestral tradición, Rajoy acudió ayer a recibir la bendición urbi et orbe y se encontró con la inesperada alabanza del premio Nobel de la Paz acerca de su liderazgo inconmensurable. Se trataba de un elogio innecesario porque del liderazgo de Rajoy tenemos datos fehacientes e incontestables. Dicho en términos astronómicos, lo suyo es de aurora boreal y, en consecuencia, el reconocimiento se agradece pero resulta un tanto redundante.

Tal y como el PP se ha encargado de poner por escrito antes de que se nos olvide, la trayectoria del Gobierno, con Rajoy a la cabeza, ha estado jalonada de éxitos, de los que sólo se mencionaban cuarenta de ellos por una simple cuestión de modestia. El hit parade de los conservadores incluye hitos tan celebrados como la reducción del número de parados y  de los desahucios, la eficacia de las ayudas a la dependencia o la recuperación del poder adquisitivo de los pensionistas, temas todos ellos que en algún momento han suscitado elogiosos comentarios en los bares por parte de los españoles de buen corazón.

Los logros de este hombre providencial no cabrían ni en diez apéndices de la Espasa Calpe pero es obligado citar su hercúlea tarea de remiendo de las costuras del país, un trabajo de artesanía realizado en todos los puntos de bordado imaginables, desde el punto de cruz al festón, pasando por el punto cadena o el celebradísimo rococó. España se rompía, pero gracias a este hábil costurero y a una inspiración que muy probablemente le venga de Camariñas, la cuna gallega del encaje de bolillos, volvemos a ser una unidad de destino en lo universal, que de eso se trataba. ¿Quién se acuerda hoy de los problemas territoriales del pasado?

Irreprochable en lo político, sus conquistas económicas han dejado boquiabiertos a los grandes gurús de la materia. Hay paro, en efecto, pero bastará con que la emigración se mantenga a un ritmo constante para que en algo menos de 30 años alcancemos el pleno empleo. Ningún seguidor de la Escuela de Chicago –de los keynesianos mejor ni hablar- habría tenido en cuenta la despoblación acelerada como factor de prosperidad y bienestar. A la chita callando, como es costumbre de la casa, el país vuelve a ser admirado en el mundo.

Socialmente, esto es una balsa de aceite de oliva virgen extra. Todo ello gracias a esa mayoría silenciosa que asiente mientras el telediario desgrana las estudiadas reformas del Ejecutivo, ya sea en educación, sanidad, pensiones o justicia. La del aborto, por ejemplo, ha trasladado a los licenciados en psicología la última palabra sobre la maternidad de las mujeres, un avance de primera magnitud ya que siempre será mejor que alguien con carrera tome las decisiones importantes.

Problemas ha habido, para qué nos vamos a engañar, pero han sido causados por grupos ultras de izquierda, que han de ser muy numerosos porque siempre aparecen en cualquier conflicto, ya sea cuando los indignados rodean en el Congreso o cuando los vecinos de un barrio de Burgos se plantan ante un alcalde cacique. Para evitarlo, Rajoy, que está en todo aunque parezca que duerme, ha encomendado a su ministro del Interior una ley de Seguridad Ciudadana acorde con los nuevos tiempos, en la que se limita el derecho de reunión al visionado de los partidos del Plus y de Gol TV, siempre que no se grite mucho cuando la enchufe Ronaldo.

Para conseguir todo esto ha habido que tomar medidas duras y difíciles, especialmente la de dejar de repartir sobresueldos entre la cúpula del PP o, al menos, hacerlo más discretamente, aunque para todos sea evidente que la dedicación de estos servidores públicos al bien común no está pagado.

Si dejamos que culmine su tarea, Rajoy es capaz de terminar él solo con esta romería periódica a la Casa Banca e invertir el sentido de la marcha. Esto es, que sean los presidentes de Estados Unidos los que visiten Madrid al objeto de ser ungidos por ese pedazo de líder que tenemos en Moncloa. Al tiempo.