Tierra de nadie

Aznar, el amante despechado

Los amores eternos suelen durar unos meses y el de Aznar y Rajoy no iba a ser la excepción. El suyo fue un matrimonio de conveniencia, un apaño digital pensado más en la dote que en el sexo que no tuvo ni luna de miel. En enero de 2009 el divorcio parecía inevitable. Fue cuando el estadista con bigote proclamó aquello de que en política "no se está para empatar ni para heredar sino para ganar", y todo el mundo dio por hecho de que la pareja emprendería caminos distintos y hasta aventuraba que el destino de Rajoy era instalarse en el Registro de Santa Pola a extender notas simples.

La desilusión de Aznar había sido enorme, hay que entenderlo. Aspiraba a seguir gobernando desde FAES por persona interpuesta, a mantener a España en la historia aunque fuera a martillazos y hasta a encontrar él solo las armas de destrucción masiva en Irak si alguien le prestaba un perro con buen olfato. En lugar de eso se vio obligado a hacerse rico poniéndose a sueldo del mejor postor, desde Murdoch a Endesa, pasando por  los buscadores de oro de Barrick Gold o la inmobiliaria JER Partners.

Cuanto todo parecía perdido, por esas cosas del destino y de las encuestas el amor renació súbitamente de sus cenizas. Asistimos a un deshielo más rápido que el de los polos, un cambio climático en toda regla del que no hubiera tenido dudas ni el primo de Rajoy, que siempre fue un descreído. El 20-N, día de la victoria, Aznar estaba en Génova a reclamar lo que era suyo. Y volvió al día siguiente para participar en la reunión del Comité Ejecutivo del PP, un órgano en el que no participaba desde hacía siete años. La llama de la pasión de había encendido de nuevo con la fuerza de unos altos hornos.

Convertido en un asesor al por mayor de multinacionales y lobbys de variado pelaje, sus sueños se habían reducido a dos: el primero, convertir a su santa en alcaldesa, toda vez que Gallardón estaba llamado a devolver a las mujeres a la Edad Media desde su despacho en el Ministerio de Justicia y dejaba vacante el bastón de mando. Botella, que había ensayado con un palo de majorette, estaba preparadísima para empuñarlo. El segundo, convertirse en el visitador de la Moncloa, el mejor reclamo para sostener su negocio de conseguidor en el que ya sobresalía tanto como su yerno.

Pero Rajoy había cambiado. Ya no era el de antes. Si alguna vez sintió admiración por Aznar, ésta se había reducido a su pelazo sin canas, todo un arcano, y a su don de lenguas, que a él se le negaba. De sus deseos accedió al primero, posiblemente porque bastaba con dejarlo correr, y se resistió al segundo, para lo que tampoco había que hacer nada, más allá de no abrir la puerta. Si le debía algo, sintió que con haber soportado su soberbio y sus desplantes durante años la había pagado con creces.

Para el expresidente aquello era más de lo que podía soportar. Un hombre de principios tan arraigados y profundos como él, que un día firmaba el protocolo de Kioto y al otro se ponía en nómina de los negacionistas del cambio climático, no tenía más remedio que denunciar las desviaciones de Rajoy, que para colmo le estaba friendo a impuestos.

Rechazado para el puesto de visitador, Aznar se invistió a sí mismo como guardián de las esencias, fundamentalmente de las suyas. Irritado con lo que entendía como reformas de medio pelo, la gestión del caso Bárcenas desbordó la copa de su indignación, que con Rajoy era del tamaño de un chupito. Aquello fue imperdonable, sobre todo cuando se publicó que había cobrado sobresueldos en forma de gastos de representación siendo presidente del Gobierno y nadie en el PP corrió a desmentirlo. Tuvo que ser él mismo el que presentara una demanda para bruñir su empañado honor. No había derecho.

No había duda de que Rajoy, pero también sus ministros y buena parte de la cúpula del partido le habían salido rana. ¿A qué esperaba esta gente para mandar al Ejército a Cataluña? ¿Qué era eso de decir que "llueve mucho" en vez de plantarse ante Estrasburgo y prometer que los presos de ETA sólo saldrían de la cárcel con los pies por delante? La suya era una crítica autorizada, la de alguien que jamás había hablado catalán en la intimidad ni había negociado con terroristas.

Los batracios le llegaron a arruinar incluso la presentación de la segunda entrega de sus memorias, de la que se ausentaron en masa para irse a croar a otras charcas. Hasta ahí podíamos llegar: "Si lo que se ha mandado es un mensaje de ruptura", dijo ofendidísimo Aznar, "pues se toma nota".

Y con buena letra. Su ausencia de la Convención Nacional del PP es una suerte de la venganza en plato tibio, a la que no habría que buscar otra derivada. Pese a las mil abdominales diarias, Aznar está ya muy mayor para cambiar de despacho, que a saber cómo serían los muebles que le pusieran en Vox, probablemente del Ikea. Lo suyo es seguir siendo el guía espiritual de la derecha ultramontana que habita en la calle Génova hasta que las circunstancias aconsejen otra cosa.

Aznar es un amante despechado, pero de ahí a prender fuego a la mansión familiar, de la que siempre se puede sacar algún provecho, media un abismo. Rajoy puede dormir tranquilo, como es costumbre de la casa.