Tierra de nadie

La democracia de los empresarios

Tan divertida como estaba, es una pena que se acabe tan pronto la campaña electoral para elegir al nuevo presidente de la patronal madrileña, CEIM, donde poco ha faltado  para que los dos principales aspirantes se liasen a mamporros o a tiros, que por armas no iba a ser siendo uno de ellos coleccionista de trabucos. Lo de votar para esta gente es un lío muy gordo, y de hecho en los 36 años de vida de la organización nunca se había presentado más de un candidato para no tentar a la suerte y que la cosa fuera más sencilla.

A un lado del ring está Arturo Fernández, con pantalón azul PP, al que su contrincante, Hilario Alfaro ha llegado a acusar de eliminar la I de independiente de la organización de tan entregado como está a la causa de los populares. Al otro, el citado Alfaro, al frente de la Confederación de Comercio de Madrid, que puede presumir de lo que no es: ni es el concuñado de Díaz Ferrán, ni está imputado por la Justicia, ni paga a sus trabajadores en negro, ni ha tenido nada que ver con el mangoneo de los cursos de formación. En los últimos días ha emergido un tercer candidato, Guillermo Marcos, presidente de Unipuyme, que iba en la lista de Fernández, y que, para no ser un submarino de éste, se le aprecia el bulto del periscopio en el bolsillo de la chaqueta.

A Arturo le apoya el presidente de Madrid, Ignacio González, pero no porque haya tenido trabajando a sueldo a su señora, Lourdes Cavero, ni porque la vuelva a presentar en su candidatura, sino porque "es un gran empresario" y "uno de los hosteleros más reputados de la región". Disfruta de la admiración de Esperanza Aguirre, pero no porque le soltara miles de euros a su fundación para campañas electorales, sino porque "es muy difícil pagar 2.000 salarios todos los días". De ahí, posiblemente, que no todo fuera en nómina.  Y hasta le votaría el rey, aunque sólo sea porque su abuelo era arcabucero real y tenga que agradecerle el favor de haberle comprado el Maserati que ya no le entraba en el garaje de Zarzuela.

Junto a Hilario se ha visto a Ana Botella y a un ramillete de socialistas encabezados por Tomás Gómez, además de al otro Arturo Fernández, el presunto actor y terror de las chatinas, que hace a todo el hombre. Se ha comprometido a revertir en CEIM las remuneraciones que conlleven los cargos que deba aceptar por ser presidente y a no mantener relaciones comerciales con entidades en las que CEIM participe de manera directa o indirecta. Para Fernández esto sería la ruina.

Arturo es de los que creen que hay que tener "interlocución con el poder" y estar cerca de él, pero no porque su negocio gire fundamentalmente en torno a las contratas públicas, sino por puro convencimiento.  Hilario habla de recuperar la independencia política y económica y denuncia la falta de ejemplaridad de algunos dirigentes empresariales con la vista puesta en su oponente.

Del apego de los empresarios madrileños a la democracia da fe su proceso electoral, toda una ceremonia de la confusión. Hay 1.225 electores, representantes de asociaciones y empresas, que ni siquiera están obligados a votar de manera presencial. Basta con que los deleguen. Los elegibles han de registrarse y sólo pueden quedar 200, que a su vez son los que elegirán al pope de CEIM. Tanta es la habilidad de Arturo Fernández y su grupo de restauración con los pucheros, que su contrincante ya ha advertido del posible pucherazo. El lunes tendremos el guiso.