Tierra de nadie

Se nos rompe la bandera

Cuenta el diario ABC, siempre atento a estas cosas, que la enorme bandera de España que Aznar se empeñó en hacer ondear en la madrileña plaza de Colón tiene, como el país, problemas estructurales. Según parece, el viento revienta sus costuras y, a la espera de que lleguen los recambios, el Ayuntamiento ha tenido que parchearla con un zurcido poco sutil. Es la metáfora perfecta de un país remendado que no soporta la brisa.

Por la bandera no hay que preocuparse porque Botella ya ha puesto en marcha un plan renove, que nos sale por un pico -a razón de 4.300 euros el paño- pero que es dinero bien empleado. Afanados en evitar que España se rompa por el Ebro, no íbamos consentir que lo hiciera por su franja amarilla. Es lo bueno de tener una alcaldesa que sabe de hilvanes, gracias, sobre todo, a lo mucho que se ha trabajado las tiendas de la calle Serrano yendo a las rebajas.

A lo del país, en cambio, no se le ve remedio, sobre todo ahora que se ha jubilado el sastrecillo valiente. No hay esperanza ni vergüenza. Cada día se entiende más que los catalanes quieran cambiar de Estado y que, desesperados, acepten incluso que Artur Mas sea el Moisés que les conduzca a la tierra prometida, sabiendo los problemas que tiene este hombre para leer los mapas aunque de bandera vaya sobrado. Los demás tendremos que conformarnos con ser antisistema, que es lo más decente que se puede llegar a ser en estos momentos.

La última en la frente es el rescate que el Gobierno se dispone a efectuar de las ruinosas autopistas de peaje que Álvarez-Cascos dejó en herencia cuando era ministro de Fomento. El avanzado plan de socialización de pérdidas consiste en que todos paguemos a escote 2.400 millones de euros a la banca acreedora y aliviemos de paso las cuentas de resultados de las constructoras, que son las que han diseñado la operación. Hay que recortar en pensiones, en educación y en sanidad, hay que pagar más por la cultura, por las medicinas y por la Justicia. No hay dinero para nadie, salvo para los de siempre, que van en coches de diez metros de eslora y llevan trajes de Armani.

Junto a las autopistas, los liberales que nos gobiernan se han empeñado en expropiar el derecho al pataleo. Cientos de miles de personas se manifiestan para pedir pan y trabajo y la conclusión es que la izquierda radical tiene un plan para matar policías. Los estudiantes van a la huelga y se descubre que el plan para matar policías sigue vigente. Los indignados toman las calles y Esperanza Aguirre desvela que lo que en realidad preparan es un perrofláutico golpe de Estado y que tarde o temprano habrían diseñado un plan para matar policías. Ayer mismo los policías se concentraban en Madrid para pedir la dimisión de unos mandos que no habían previsto que había un plan para matarles.

La sed de sangre se ha contagiado a los inmigrantes, a los que hay que freír a pelotazos de goma mientras tratan de llegar nadando a Ceuta porque son violentísimos. Murieron quince pero, de haber alcanzado la playa, nadie sabe lo que hubieran podido hacer con los guardias civiles, infiltrados como están por la izquierda radical subsahariana.

Todo al parecer se reduce a un problema de orden público. Lo importante no es que España sea el país de la OCDE donde más ha crecido la desigualdad, que haya seis millones de parados, que casi 700.000 hogares no tengan ningún tipo de ingreso, que sigan aumentando los desahucios o que se corte la luz a miles de familias que no pueden pagar el recibo. Eso no es violencia. Lo violento es que se abuchee al rey, a los príncipes, a los políticos, que algunos abuelos desesperados quieren partirle la crisma a Blesa y, por supuesto, la izquierda radical que está por todos lados queriendo matar policías.

Sólo una catarsis integral podría ayudar a recomponer un país cuyo único plan cierto es el del empobrecimiento general. Sin otras metas, creen que se pueden devaluar a la vez los sueldos y las aspiraciones. La democracia de la mayoría silenciosa, que tanto gusta al PP, es un harapo. De momento, tenemos dinero para rescatar a la banca y a las constructoras y para cambiar las banderas de Colón. Que tengan cuidado con el viento.