Tierra de nadie

Se busca líder del PSOE, preferiblemente de izquierdas

Ya se sabe que lo que no puede ser acaba resultando imposible. No podía ser que Rubalcaba revitalizara al PSOE porque era un cadáver político y ahora se especula con que su momia ha sido localizada en los sótanos de la Complutense. No podía ser que la dirigencia del partido representara a la izquierda sociológica del país porque ni siquiera era el reflejo de su propia militancia. No podía ser socialista una fuerza cuya uniformidad con el discurso neoliberal para salir de la crisis rozaba el mimetismo. No podía ser que los mismos fueran algo distinto.

Ahora que se escuchan toda suerte de teorías sobre cómo los socialistas han llegado a su enésimo suelo, lo único incuestionable es que esta gente lleva años sin enterarse de nada, quizás porque su remozada sede es uno de esos edificios inteligentes que no dejan pasara un ruido y lo de salir a la calle ya no está de moda. Por buscar un símil teatral, representaban una obra para la clase media del chalet adosado y ahora quienes les ven y les tiran hortalizas desde la platea son los parados y los descamisados a los que sólo recordaba Guerra en sus mítines y que han vuelto porque las chaquetas se han puesto por las nubes en los Ocho Días de Oro de El Corte Inglés.

En esa inopia resulta hasta normal esa primera discusión sobre si ha de ser primero el congreso o las primarias y si en el congreso han de poder votar los militantes o sólo los delegados, a los que siempre se puede controlar mejor, incluso por teléfono. Y todo ello bajo la dirección de orquesta de Rubalcaba, que viene a ser como esos pesadísimos invitados a una fiesta que te tienen horas de pie en el pasillo y se resisten a pillar el taxi de vuelta que les espera en la calle.

De Rubalcaba se elogia ahora su digna manera de marcharse como si hubiese sido posible que continuara al timón de un barco ya posado en las profundidades de la mar océana. Nadie le reprocha, en cambio, que no se fuera a su casa tras perder las elecciones de 2011 y que, además, se hiciera con la secretaría general del partido con el apoyo de ese aparato que le tiene aprecio a los cargos siempre que estén bien remunerados.

Los mandamases de la florecita, toda vez que el puño y la rosa ya es historia, empiezan ahora a entender que el PSOE no es de ellos, ni siquiera de sus militantes, a los que antes se les quería sólo para pegar carteles y ahora para colgar tuits en Internet, sino que es un patrimonio de sus votantes, y que es a ellos a los que corresponde elegir a sus líderes y dar legitimidad a sus propuestas.

Esto, claro, es un inconveniente para el statu quo, donde quien sigue teniendo la sartén por el mango es un consejero de Gas Natural llamado Felipe González. ¿A quién le confesó Rubalcaba que en ningún caso concurriría a las primarias? A González. ¿Quién ha bendecido ahora la opción de Eduardo Madina, después de que el joven político corriera a verle en peregrinación? El ya citado y canoso padre del socialismo patrio.

Más evidente aún es que la inercia del PSOE hacia la insignificancia se ha acelerado y que invertir la marcha será imposible sin un haraquiri mental completo respecto de algunas formas de hacer política que ya debían acumular polvo en un museo. O el despotismo ilustrado pasa a la historia y se permite que los ciudadanos participen en la toma de decisiones o será el partido el que lo haga.

Quien se sitúe al frente de los socialistas ha de empezar por demostrar que lo es. Ha de tener claro a quien se dirige y contra quien ésta, porque en los partidos de izquierda la política ha de hacerse contra los poderosos ya que no hay conquista que no implique que unos pierdan lo que otros ganan. Que un gobierno del PSOE reciba henchido de satisfacción los halagos de banqueros y grandes empresarios, como en otro tiempo ha ocurrido, es para hacérselo mirar.

Un líder socialista ha de velar por los desfavorecidos y no por los mercados, ha de ser capaz de denunciar las corruptelas de los suyos, ha de ir en metro antes que en coche oficial, ha de pisar las fábricas y no las moquetas, ha de defender un Estado fuerte frente al camelo de las manos invisibles, debe ser humilde y anteponer las personas a las cifras, especialmente a las del déficit.

Su primer requisito es emocionar. Y para eso no son precisos programas enciclopédicos sino un puñado de ideas que conecten con los anhelos de quienes a lo largo de la historia han comprobado que el PSOE practica a su manera la famosa maniobra del loco Iván, que consiste en poner el intermitente a la izquierda antes de girar bruscamente a la derecha. Ha de querer cambiar las cosas para que nada sea igual.