Tierra de nadie

Cataluña, Escocia y los peines de los indios

Más que la Diada y sus uves multitudinarias, la principal baza del independentismo catalán está en un lugar al que los romanos bautizaron Caledonia por sus pinos y en donde prosperaron dos pueblos de origen celta, pictos y escotos, que coronaban a sus reyes junto a una piedra a la que llaman del destino. Cuenta la leyenda que Jacob la usó como almohada y soñó con Dios, que tiempo después Moisés sacó agua de su interior a bastonazos y hasta que sirvió de pedestal al arca de la alianza. Tras sucesivas peripecias acabó primero en Irlanda y más tarde en Escocia, y quién sabe si de sus poderes mágicos no surgiría el whisky de malta.

En Escocia se vive en estos días previos a su referéndum un inusitado auge de los partidarios de la independencia, hasta el punto que las encuestas apuntan ya a un triunfo del sí que tiene de los nervios a los flemáticos ingleses y, naturalmente, al propio Gobierno español, al que no le valdría con repetir el mantra de que Cataluña no es Escocia porque allí se estila la falda de cuadros y por estos lares la barretina.

En realidad, las similitudes entre Escocia y Cataluña son numerosas, comenzando por la coincidencia de que en 1707, el año en el que se aprobó el Acta de Unión de Escocia con Inglaterra fue también el de la promulgación del Decreto de Nueva Planta que liquidó las instituciones de los reinos de Aragón y Valencia, siete años antes de que la derrota definitiva del archiduque Carlos supusiera la asimilación forzosa de Cataluña al regimen castellano y la pérdida de sus órganos de gobierno. Puede que los territorios de la Corona de Aragón no tuvieran entonces el reconocimiento de nación pero funcionaban en gran medida como si lo fuesen en disputa con el poder central. Ya en 1640, en plena Guerra de los Segadores, la Generalitat catalana llegó a plantear la constitución de una República.

En la decisión escocesa de unirse a Inglaterra influyeron decisivamente factores económicos, especialmente el fracaso de la aventura colonial del proyecto Darién, por el que se pretendía llenar de intrépidos rubicundos el istmo de Panamá y que se llevó por delante casi la mitad de la riqueza escocesa. Los colonos intentaron primero ganarse a los indios de la zona con cuentas de vidrio y peines de mercadillo, pero o los locales eran calvos o tenían poco interés en acicalarse por las mañanas. Sin el apoyo inglés y diezmados por las enfermedades, lo que iba a ser Nueva Caledonia fue abandonada a los ocho meses. De los cinco barcos que zarparon de Leitf en 1698 sólo regresó uno con la cuarta parte de las 1.200 personas que iniciaron la aventura.

Con la mayoría de la población en contra, Inglaterra sobornó a cuantos parlamentarios escoceses encontró para que aprobaran la Union Act y Escocia dio finalmente el sí a Gran Bretaña, confiando vanamente en recuperar parte de lo invertido en el desastre de Darién. Seis años después quiso echarse atrás pero la propuesta de disolución de la Unión fue rechazada por sólo cuatro votos. Sofocados varios levantamientos protagonizados por los partidarios de los Estuardo, el sentimiento de nación no se apagó pese a la limpieza ética que Londres acometió en las Highlands, donde poblaciones enteras fueron forzadas a abandonar el territorio y hasta su lengua.

Si Cataluña recuperó sus instituciones y un amplio grado de autonomía a partir de 1977, Escocia tuvo que esperar a 1998 para reabrir su Parlamento y disponer de un Gobierno propio, donde ha echado raíces el Scottish National Party gracias a dos factores fundamentales: de un lado, su giro a la izquierda en un feudo de tradicional dominio laborista, y de otro el descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte, del que el nacionalismo hizo lema y bandera: "It’s Scotland’s oil" ("El petróleo es de Escocia"). De la importancia ‘nacional’ del descubrimiento de petróleo da fe el hecho de que durante varias décadas las reservas probadas del yacimiento fueran consideradas un secreto de Estado.

En Cataluña no hay petróleo –o lo hay en cantidades ridículas- pero puestos a buscar equivalencias el nacionalismo ha encontrado grandes reservas en la recaudación fiscal y en el ‘España nos roba’. Y como ha ocurrido en Escocia, los recortes de la crisis han alimentado el deseo de emprender un camino distinto como Estado independiente.

A partir de aquí, es inevitable resaltar las diferencias de ambos procesos. La primera, evidente, es el distinto marco legal en el que se desarrollan. El referéndum es posible en Escocia porque la vieja acta de 1707 fue un pacto entre iguales que libremente puede romperse, una vez consumada la resurrección del Parlamento de Edimburgo. Y más allá de los tecnicismos, porque nadie imaginaba que el avance del independentismo iba a acogotar a toda la clase política británica. Con encuestas similares a las de ahora cuesta imaginar que Cameron se hubiese avenido a la consulta.

El debate racional sobre la cuestión escocesa ha sido reemplazado aquí por una disputa visceral, por un frentismo tan estéril como peligroso. Ha faltado inteligencia política, que en el caso español viene siendo a lo largo de la historia una constante. Es muy posible que por imperativo legal la consulta catalana no se celebre en noviembre y que baste con medio abogado del Estado, como ayer decía Iceta, el líder del PSC, para desactivarla sin tener que enviar a la Guardia Civil, pero la herida es ya tan grande que será difícil que cicatrice.

La ausencia de inteligencia no ha sido exclusiva del Gobierno central. Hay quien, con mucho acierto, resalta las enorme distancia que separa al nacionalismo escocés del catalán. Mientra allí lo que anima a la independencia es el cambio social, el motor del soberanismo al norte del Ebro ha sido simplemente la oposición a Madrid.

Ni a Salmond ni a nadie de los suyos se les ha ocurrido sacar de sus tumbas a Kenneth McAlpine, el primer rey de Escocia, ni a Willian Wallace (Braveheart) y su victoria en Stirling, ni a Jacobo VII, ni se ha hecho inmortalizar junto a la ya citada piedra del destino. Aquí en cambio, cuando no es al espectro de Casanova al que se invoca se recurre a los almogávares, que ya en el siglo XIV eran muy fieros y muy catalanes.

Los escoceses no se compadecen de sí mismos ni se reafirman en oposición a los ingleses. Admiran a Noruega y les gustaría emular la gestión que sus vecinos del otro lado del Mar del Norte han hecho de sus riquezas naturales. Los catalanes, en cambio, llevan mucho tiempo admirándose a sí mismos para satisfacción de sus ombligos.