Tierra de nadie

Los empresarios, al rescate

Como siempre juzgamos a la ligera, teníamos la idea de que los empresarios de este país eran unos tipos desalmados con una incapacidad genética para conjugar el verbo forrarse en otra persona que no fuera la primera del singular. La presunción se ha demostrado falsa. Lo que les pasa en realidad es que son tímidos, y por eso han necesitado más de un lustro de recogimiento para alumbrar un plan de creación de empleo a cascoporro que convertirá la figura del parado en un objeto de museo.

El informe del denominado Consejo Empresarial de la Competitividad, que así se hacen llamar los señores del Ibex, propone una batería de medidas que, de ejecutarse, reducirían la tasa de paro por debajo del 11% y permitirían alumbrar 2,3 millones de empleos de aquí al 2018 sin que nos despeinásemos. Pero claro, como estas medidas no se han aplicado, esos mismos señores se han visto obligados a echar a la calle a cerca de 36.000 personas de sus plantillas entre enero y junio de este año, que era el "de la recuperación".

Lo que se propone es más de lo mismo, salvo algunas cosas, que diría Rajoy. Se pretende, por ejemplo, aumentar el tamaño de las empresas, hasta duplicar el número de aquellas que tienen a más de 250 trabajadores en nómina. Y para ello es preciso, lógicamente, más flexibilidad laboral para mover a la gente de Almería a Ferrol si fuese necesario, agilidad en los tribunales para despedir a los que se nieguen y, por supuesto, rebajas fiscales.

Esto último es imprescindible en todo el plan. ¿Cómo se convierten los contratos basura en otros en los que sólo sea basura el sueldo? Pues con incentivos fiscales a las empresas. Ninguna de la recetas de los empresarios implican ningún esfuerzo para ellos mismos, a excepción de su consejo para combatir el fraude, que por otro lado sirve para eliminar esa competencia desleal que no paga impuestos ni en defensa propia. Estamos ante algo parecido a la invención de la pólvora. ¿Cómo combatir la economía sumergida? Con más inspectores de trabajo, algo en lo que nadie había pensado hasta la fecha. Acabáramos.

Obviamente, es necesario que alguien se apriete el cinturón, y aquí es donde entramos todos los demás. La Administración debe reducir sus gastos y para ello nada mejor que acelerar la implantación de la reforma de las pensiones, de manera que haya más pensionistas que cobren menos en menos tiempo. El Estado debe ser capaz de imponerse un ajuste de 30.000 millones para reducir la deuda pública y al mismo tiempo seguir bajando el IRPF, que es muy costoso para las rentas altas. Y privatizar lo que le quede y sea rentable, que la iniciativa privada será capaz de gestionarlo como se merece.

Para completar el cuadro, se reclama una reforma energética de categoría, pero no para reducir los gases contaminantes, que para eso ya están los suecos, sino para rebajar la factura de las empresas. Y como el fracking está de moda, qué menos que incentivar aquellas inversiones que pretendan encontrarnos gas o petróleo debajo de las piedras.

Añádase a este cóctel mejoras educativas que se le debieron pasar a Wert en su ley y que nos echen un galgo los países más desarrollados del mundo porque seremos imparables pese a la corrupción, que no debe de ser un problema ya que ni se menciona. Al fin y al cabo, el 3% viene estando presupuestado desde hace tantos años que eliminarlo de golpe sería un quebradero de cabeza para los contables.

Opinan los empresarios que sus medidas deberían parecer bien a todo el mundo, ya sea de derechas, de izquierdas o de Podemos, que es otro fenómeno sobre el que los grandes del Ibex prefieren guardar silencio o rezar lo que saben, en el caso de los más creyentes. Cuando creíamos que ni estaban ni podíamos esperarles, resulta que nuestros grandes emprendedores estaban pensando en cómo sacarnos del marasmo y hacernos felices. Santos varones.