Tierra de nadie

La nariz de Monago

La mentira ha ocupado históricamente a los pensadores, empezando por San Agustín que estaba obsesionado con ella quizás por alguna mala experiencia y sostenía que mataba el alma, lo cual ya eran palabras mayores. Interpretando al doctor de la Iglesia, Jacques Derrida, el filósofo francés del que Ferrán Adriá debió de tomar sus ideas sobre la deconstrucción de la tortilla de patatas, sostenía que la mentira precisaba del engaño para serlo, de manera que se podía decir algo falso sin mentir y decir la verdad con la intención de engañar, es decir, mintiendo.

Derrida llegó a dictar una conferencia en Buenos Aires hace casi 20 años sobre la historia de la mentira, donde citaba profusamente a Hannah Arendt, quien había llegado a establecer que la política era un lugar privilegiado para su utilización hasta el punto de convertirse en una herramienta necesaria del oficio de político y del hombre de Estado. Arendt –lo explicaba muy bien Derrida- había diagnosticado en la arena política "un crecimiento hiperbólico de la mentira, su paso al límite; en síntesis, la mentira absoluta".

Absortos en las grandes mentiras, los eruditos han dejado de lado a la más humilde de todas ellas, que es justamente el campo donde mejor se mueve el PP y que tiene en el presidente extremeño José Antonio Monago a su exponente más destacado. Se trata de la mentira burda, aquellas cuyas patas son tan cortas que ni siquiera resisten corriendo al siguiente telediario.

Hace un par de años dos investigadores de la Universidad de Granada lograron demostrar la existencia del ‘efecto Pinocho’ y que, si bien, la nariz del mentiroso no crecía con cada embuste lo que sí hacía era cambiar de temperatura. Cabe suponer, por tanto, que la nariz de Monago ha venido sufriendo estos días unas oscilaciones térmicas tremendas, lo que explicaría su ataque de llanto mientras era aclamado el pasado viernes en la Convención de su partido sobre buenas prácticas: no era emoción sino su manera de refrescarse la pituitaria.

Posiblemente sea debido al estrés nasal que la ficción de Monago haya tenido tantos agujeros negros, tantos puntos inexplicables. La mentira exige un argumento creíble y aquí ha habido errores de bulto similares al de aquellas películas de romanos en las que el centurión salía con un casio en la muñeca. Y esta claro que con esa molestia en la nariz no se le podía pedir a Monago que fuera Billy Wilder.

Estamos ante un producción de bajo presupuesto y eso se nota. Han faltado actores, al menos un par de extras, que dieran verosimilitud a la historia de este moderno Marco Polo, que si viajó a China fue a descubrir la pólvora y no a mantener un tórrido romance con una dama en Shangay a costa del Senado y por ende de todos nosotros, que ingenuamente pensamos que lo de pagar a escote era otra cosa.

Hay países en los que a los políticos que se les pilla con el carrito del helado se les manda a freír espárragos, pero aquí nos encanta el granizado de limón y por eso Monago sigue intentando vendernos una moto y ya de paso un frigodedo. San Agustín distinguía entre el que miente y el mendaz ya que "el que miente es el que miente incluso sin querer, pero el mendaz ama la mentira y se goza interiormente con el placer de mentir". Aquí encasillaríamos a Monago si no supiésemos lo de la nariz, que debe de ser un fastidio.