Tierra de nadie

Pedro J. lucha por su arpón

Cualquier persona con corazón debe de estar conmovida por el drama que azota al periodista español más grande que vieron los siglos, víctima de una de las conspiraciones más espantosas que ha sufrido un ser humano desde que la serpiente se las apañó para hacer morder a Eva la manzana prohibida, con la falsa promesa de que acabaría siendo Steve Jobs o, al menos, podría venderle el logo de la empresa. Contra Pedro J. Ramírez se ha alzado fuerzas capaces de derribar montañas, ballenas blancas colosales que ignoran que se enfrentan al más ingenuo de los arponeros.

Antes de que se decidiera a ir al juzgado para denunciar la trama internacional que pretende arrebatarle ese arpón que es su afilada pluma y condenarle al silencio mediático, Ramírez ha pasado un calvario en la amplia "mazmorra" que Unidad Editorial quiso hacer pasar por su despacho, obligándole además a disponer de secretaria, chófer y cochazo de empresa, cuando todo el mundo sabe de su carácter austero y machadiano, siempre ligero de equipaje.

¿Que por qué este apóstol de la libertad de expresión aceptó ser durante dos años ser el conde de Montecristo y se resignó a seguir cobrando un pastón por un artículo a la semana una vez que fue apartado de la dirección de El Mundo por otra conspiración maquiavélica urdida por Rajoy y los señores del Ibex? Desde luego no fue por dinero, y quien infiera que lo hizo para cobrar el total de su indemnización millonaria y otro saco de millones del plan de pensiones que le pagaba la empresa es un miserable. Fue por amor a un periódico y a unos ideales, cambiantes eso sí porque los vientos siempre fueron caprichosos desde el timón del Pequod.

Ramírez siempre ha aborrecido el dinero. Puede que se hiciera rico vendiendo sus acciones a Recoletos, puede que se hiciera más rico aún usando información privilegiada para adquirir a un tercio del que sería luego su valor esos mismos títulos a sus colegas de El Mundo, puede, incluso, que dispusiera un plan de sobresueldos para beneficiarse él y su cúpula en los años en los que fue director, pero sólo otro miserable sería capaz de sostener que la pasión por el circulante fuera el motor de sus actos.

Lo que en realidad ha empujado sus velas ha sido la incesante búsqueda de la verdad, aunque fuera por caminos harto inescrutables. Estamos, de hecho, ante un hombre que ha prometido esclarecer a lo largo de este siglo y del que viene todos y cada uno de los agujeros negros del 11-M, una tarea ingente y cuasi sacerdotal por la que tendríamos que estarle eternamente agradecidos. Gente así eleva el periodismo a la categoría de ciencia-ficción, hasta convertirlo en algo decididamente increíble aunque entretenidísimo.

La vida de Ramírez es una peripecia constante. A los simples mortales les despiden o les pillan echando una cana al aire, pero para el Napoleón de la prensa diaria las cosas no son tan simples. La de complots que ha soportado estoicamente este hombre, urdidos sucesivamente por González, los GAL, Rajoy y hasta por el independentismo catalán, que quiso hacerse fuerte en su piscina mallorquina sin imaginar que un patriota como Ramírez prefiere morir antes de ceder a unas presiones hídricas de medio pelo para acabar con la unidad de España.

Por esto y por mucho más, sus admiradores viven en la zozobra ante la posibilidad de que al periodista por excelencia no le salga bien la jugada del juzgado y se demore el lanzamiento de El Universal, que así dicen que se llamará el nuevo instrumento que hará temblar a los poderosos y dará alivio a los débiles comandado por el Robin Hood de la digitalidad contemporánea.

El juez debe entender que es intolerable obligar a callar a un informador, aunque sea por criticar al medio que le paga. Ramírez lo sabe bien porque en su día el Tribunal Constitucional sentenció que había cercenado la libertad de expresión de un periodista de El Mundo, Francisco Frechoso, hoy director de cuartopoder.es, que se lamentó en una tertulia televisiva de que se hubiese usado a la Policía para sacar el diario a la calle en una huelga general. Por lo visto, la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Y no vamos aquí a contradecir al bueno de Carlos Marx.