Tierra de nadie

Los bastardos del rey

Tantas veces denostada, suele olvidarse una de las grandes contribuciones históricas de la monarquía: su lucha contra el envejecimiento demográfico y su contribución desde tiempos inmemoriales a que la pirámide de población se parezca efectivamente a la de Keops y no a un boletus edulis. Para ello, la institución se ha entregado en cuerpo y alma -sobre todo en cuerpo- a favorecer el aumento de la natalidad sin esas excusas de las parejas modernas que dicen que no tienen hijos porque la vida está muy cara y además les han quitado el cheque-bebé.

Siguiendo la máxima de dónde hay pelo hay alegría, la generosidad fecundadora de los reyes y reinas de España ha sido una constante dinástica que ha ido más allá del débito conyugal y que hubiera convertido el árbol genealógico en una higuera de Bengala -que es la especie que más desarrollo horizontal alcanza-, de no haber sido por esa fea costumbre de no asignar una rama a cada uno de sus bastardos.

Lamentablemente, la bastardía siempre estuvo muy mal vista desde la Biblia, como demuestra el Diccionario Histórico Enciclopédico de Vicenç Joaquín Bastús i Carrera, un sacerdote de finales del diglo XVIII que estudió farmacia y al que le dio por Cervantes, el folclore y hasta por los refranes. De prohibirles entrar en las iglesias hasta la décima generación, tal y como prescribe el Deuteronomio, a ser vendidos como esclavos en Atenas o privados de alimentos por las leyes de Justiniano, los ilegítimos siempre lo tuvieron bastante crudo.

El bastardo más afamado de este país es, sin duda, Juan de Austria, hermanastro de Felipe II y reconocido por su padre Carlos I como miembro de la Familia Real, al que debemos la victoria de Lepanto y haber llevado el pánico a Europa con sus tercios, donde ahora viene a ser como nuestro hombre del saco. Sin tanto renombre, los bastardos reales siguieron proliferando y hasta puede que consiguieran una inesperada victoria en la línea sucesoria. De ser cierta la supuesta confesión de María Luisa de Parma, bisabuela de Alfonso XII, al fraile Juan de Almaraz, según la cual Carlos IV no fue el padre de ninguno de sus hijos, nos encontraríamos con que la propia dinastía borbónica es ilegítima desde Fernando VII. A eso se le llama justicia poética.

El padre del actual rey parece haber seguido la tradición de sus antecesores, en vista de las dos demandas de paternidad que acumula y que han podido ser tramitadas ahora que ya no es inviolable y que una cosa es el fuero y otra el huevo. Curiosamente, el Supremo ha admitido una de ellas al tiempo que rechazaba la que, a priori, tenía más visos de prosperar, esto es, la de su presunto primogénito Alberto Solá. Los argumentos del tribunal para jugar a la margarita aún se desconocen.

Barrunta el común que lo que ha hecho más creíble la demanda de la ciudadana belga Ingrid Sartiau es la declaración de su madre Liliane, en la que asegura que se encerró con aquel apuesto príncipe en una habitación de hotel de la Costa de Sol y que allí les dieron seis veces las 10 y las 11, las 12, la una y las dos y las tres, o lo que es lo mismo, que estuvieron tres días seguidos de coyunda hasta engrandecer más si cabe la leyenda del macho ibérico.

Este relato, de confirmarse, tendría que llenarnos de orgullo y satisfacción porque demostraría que el timonel de la Transición, a lo Juan de Austria, es hombre de arraigadas tradiciones, sobre todo si se trata de plantar su pica en Flandes. Si alguna de las demandas llegara a prosperar aquí o en Estrasburgo –donde es muy probable que recurra Sola- den por descontado que el lodo de aquellos polvos alcanzará nuestros bolsillos, aunque sólo fuera para resarcir a los hijos de Sofía de la parte de la herencia que dejarán de percibir. Es el tributo a pagar por haber tenido un rey tan campechano.