Opinion · Tierra de nadie

El anamatismo

Será difícil que el tiempo repare la enorme injusticia que este país ha cometido con Ana Mato, a la que se ha criticado con saña por no saber nada del ébola o de la hepatitis, de los Jaguar, de su exmarido, de quien pagaba sus viajes o sus bolsos de Louis Vuitton, de los payasos de las fiestas de sus niños o, incluso, de la materia de la que está hecho el confeti que le ponía el jardín todo perdido. Es ahora cuando por fin somos conscientes de que contemplábamos en acción a la musa de una corriente filosófica que trasciende a Sócrates y que debería contar en Babia con una facultad o, al menos, con un instituto de estudios avanzados.

Bautizada como anamatismo, ha hecho furor en el PP, donde la impronta de la exministra ha creado escuela y ha elevado la estolidez a la categoría de arte. Cuenta el partido con avanzados discípulos en la materia, y es raro el día en el que no recibamos una lección magistral de esta ciencia del desconocimiento tan atractiva. Así, para explicar que de la Gürtel en el PP sólo sabían que no sabían nada, salió a la palestra Carlos Floriano, que es hombre que de la ignorancia ha hecho bandera y con lo que le sobraba le ha dado para un traje con chaleco y todo. Lo bordó, lógicamente.

Esencialmente, el anamatismo consiste en mostrarse ajeno a la realidad con el mismo apasionamiento con el que Zenón de Elea negaba el movimiento. De esta forma, si la Fiscalía o la Abogacía del Estado concluyen que el PP era la cueva de Alí Babá, si piden varios siglos de cárcel para exdirigentes del partido por apropiación indebida, malversación o cohecho, si estiman que el reparto de sobres era allí más habitual que en Correos o si confirman que todos sus extesoreros sabían tanto de contabilidad que llevaban un par de ellas a la vez para presumir, un anamatista diplomado será capaz de poner palabras a este gesto tan característico de encoger los hombros y fruncir los labios mientras se apunta con la barbilla al horizonte. “Ni idea”, oiga.

El anamatismo hace de la inopia un referente. Exige ser capaz de poner la mente en posición de loto, ser el agua de Bruce Lee, que unas veces era tetera y otras botella, aunque aquí eran cuentas en Suiza completamente impermeables. Nada es verdad salvo alguna cosa, que por fuerza se desconoce. No hay dolor. Los culpables ya no están. No hay dimisiones. Nada consta salvo alguna indemnización en diferido en forma de simulación. La corrupción es un baile más apretado que la lambada, con Rajoy marcando paquete en el medio de la pista. Todo fluye.

Como filosofía resulta de lo más útil. Evita perder el tiempo. ¿Para qué iba llamar la Justicia a declarar al presidente del Gobierno y del PP si ya sabía que no sabía nada de lo que por fuerza debía de saber? Rajoy es cinturón negro de anamatismo, quinto dan. Ahí es nada. Si el Jaguar es un coche, Bárcenas es una persona, Gürtel, un asunto y el latrocinio “esas cosas” que no quiere que se vuelvan a repetir pese a que, como se comprenderá, ignora de qué cosas se trata.

Cualquiera que sea consciente de que el caso Gürtel existe, de que de los 170 imputados hay 60 que han sido cargazos del PP, entre ellos tres extesoreros, cuatro gerentes, once parlamentarios nacionales o autonómicos y seis regidores municipales es alguien negado para el anamatismo y haría bien en centrarse en el criticismo kantiano.