Opinion · Tierra de nadie

Los pecados de Cayo Lara

Como lo de IU es difícil de entender en condiciones normales, mejor hacerlo en clave de dibujos animados. Ha llegado a su sede uno de esos mensajes que leía el inspector Gadget anunciando que la formación se autodestruirá en dos elecciones y Cayo Lara se ha parado a confirmar que no se trata de una broma con cámara oculta. Lo siguiente será escuchar el boom y verle con la cara ennegrecida. Las risas de algunos están aseguradas.

Quizás sea su profesión de agricultor lo que ha determinado en Lara una irresistible querencia por la resignación y la fatalidad. Su táctica, si es que se puede llamar así, ha consistido en dejar pasar las estaciones, arrostrar imperturbable los caprichos de la meteorología y esperar que al final sea el azar el que determine si habrá o no cosecha. Incapaz de luchar contra los elementos, su única alternativa al diluvio universal es la de sentarse a esperar que escampe. Se nota que este hombre es de secano. Noé, que de lluvia sabía un rato, se hizo un arca y, al menos, salvó los muebles y a su zoológico.

Lara es un buen tipo y un líder malísimo. De hecho, se parece tanto a un líder como su portavoz parlamentario José Luis Centella a Demóstenes. Es una persona honesta pero no un dirigente, porque para eso es necesario dirigir algo y el de Argamasilla no lo ha hecho jamás. Las cosas, simplemente, han sucedido en un sentido (Andalucía), en otro (Extremadura) o en el de siempre (Madrid). Como le dije hace cinco años a cuenta de los candidatos a la comunidad y el ayuntamiento de la capital, los coordinadores de IU pasan y Ángel Pérez permanece. Hasta hoy.

Durante un tiempo, a IU le llevó la ola y del naufragio de 2008 se pasó a los ocho diputados del 2011 (11 si se cuentan los dos de Iniciativa y el de la Chunta Aragonesista), un resultado engañoso con un PSOE que había empezado su descomposición. Ahora que la marea ha cambiado y con un nuevo actor surcando la mar oceana, a Lara sólo le queda un desagradable regusto a salitre en los labios.

Es verdad que al inicio se quiso cambiar el rumbo. Se dieron brazadas para mostrar el alejamiento del PSOE y hasta se recuperó aquel discurso de las dos orillas de Anguita, situando en una de ellas a socialistas y populares. En su primera intervención como coordinador general, Lara volvió a hablar de refundar la izquierda -que era el mantra de siempre, muy parecido al del PP y su interminable viaje hacia el centro- y de converger con otras fuerzas, un proceso cuyo mayor éxito consistió en volver a atraer a Izquierda Republicana, que nueve años antes había salido de IU en un taxi con todos sus militantes dentro y que volvió de la misma manera pero con más espacio en el vehículo.

Quizás por su carácter bonachón, Lara ha mandado muy poco en ese reino de taifas que es IU, una organización ingobernable si quien está al frente declina de su responsabilidad. Y cuando han existido, sus golpes de autoridad han sido caprichosos e incomprensibles, como el de posponer la salida de su número dos, Miguel Reneses, histórico representante del marxismo-ladrillismo en Madrid, o la suya propia, una marcha en diferido que ha dejado al futuro líder de IU y candidato a las generales, Alberto Garzón, atado de pies y manos en una encrucijada en la que es apremiante tomar alguna decisión.

En su ceguera ha sido incapaz de apreciar el peligro que representaba Podemos, que nació originariamente para comerle la tostada a IU y que se está pegando un atracón en ese banquete. La desidia ha sido de tal calibre que hasta lo más obvio, que era destacar las contradicciones ideológicas de un evidente adversario electoral o la apropiación a las bravas de un sinfín de sus propuestas, se ha evitado para no molestar.

Ha faltado, como de costumbre, una decisión clara. Entre la convergencia con todas sus consecuencias o la guerra sin cuartel se optó por las medias tintas, que era la manera elegante y suicida de decir nones a la espera de que el globo, que ya va por la estratosfera, se deshinchase.

Para hacer más felices a los del globo, se pospusieron decisiones eternamente aplazadas como la de hacer limpieza general en Madrid, una cenagal en el que Lara ha chapoteado como antes lo hicieran Llamazares o el mismísimo Julio Anguita. Todo el mundo mínimamente informado ha conocido lo que se cocía en esa federación, pese a que algunos de los que ahora se han marchado indignadísimos se hayan hecho de nuevas para justificar su salida. ¿Acaso Tania Sánchez, en la dirección regional desde 2004, o Jorge García Castaño o mi admirado Hugo Martínez Abarca no conocían los enjuagues urbanísticos y financieros a los que se dedicaban algunos de sus camaradas sin que su dignidad les empujara durante años a denunciar públicamente esos chanchullos de medio pelo?

Sería injusto, sin embargo, que esos tejemanejes, tan ridículos en dimensión y cuantía que no han evitado que IU esté hoy en bancarrota, empañasen la trayectoria de una organización que si por algo se ha distinguido es por su defensa de los más desfavorecidos y de esa clase obrera que muchos dan por extinguida cuando está más viva que nunca. Tan injusto como que la crisis del actual sistema político se llevara por delante a su crítico más contumaz.

Enfrentado a la implosión de Madrid, Lara se ha limitado a comentar que la vida sigue. Ante el riesgo cierto de insignificancia por el empuje de Podemos, se le ha escuchado decir que lo que el franquismo no consiguió tampoco lo harían las encuestas. Lo suyo es mirar el cielo mientras sigue lloviendo. La riada no se hará esperar.