Opinion · Tierra de nadie

La puerta giratoria le pilla un pie a Montoro

Montoro, a quien la oposición ha apodado ‘Cristóbal el lenguaraz’, llevaba varios días desaparecido en combate y sin decir esta boca es mía, lo cual es más extraño todavía. Al ministro se le tragó la tierra coincidiendo con la polémica de Hacienda con el juez Ruz a cuenta del presunto fraude fiscal del PP y, sobre todo, con las informaciones sobre los contratos públicos de los que ha disfrutado la asesoría que fundó en 2006 con su equipo de entonces en el Ministerio, alguno de ellos investigado por la Fiscalía Anticorrupción.

Este Gobierno se parece cada vez más al Waldorf Astoria y los ministros a sus porteros, siempre al pie de esas puertas giratorias que para Marilyn Monroe simbolizaban el amor, un perseguirse y no alcanzarse en el que nadie sabe quién va delante y quién detrás, pero que a día de hoy tienen un significado más prosaico y un única búsqueda en su frenético ir y venir: la del dinero.

A principios de los años sesenta del siglo pasado, Gay Talese, el creador del Nuevo Periodismo, hizo un inventario de los porteros de Manhattan. Llegó a contar a 650 en torres de apartamentos y 325 en hoteles, de los que catorce prestaban servicios en el Waldorf. El número era considerable pero lo exigía el prestigio de un hotel que en su inauguración en 1893 ya presumía de disponer de electricidad y baño en casi todas las habitaciones. Su nómina se habría quedado pequeña en comparación con quienes en la Administración del PP llevan toda la vida yendo y viniendo de lo público a lo privado y a la inversa, en un mareante ejercicio rotatorio que si algo engorda es la cuenta corriente.

Para deleite de los lobbies, el estilo Waldorf ha hecho furor en el Ejecutivo. Lo luce como un brazo de mar el ministro de Lehman, Luis de Guindos, y el de Defensa Pedro Morenés, que tiene más tiros dados en la industria del armamento que los cetme de instrucción, como antes lo había lucido Arias Cañete, un terrateniente por gananciales al frente de Agricultura. Se les supone una entrega incondicional a los asuntos públicos, hasta el punto de renunciar a los abultados estipendios que recibían en el sector privado por un discreto salario del Estado más el retrato que les inmortalizará para la posteridad al dejar el cargo.

Mayor altruismo si cabe hay que presumir en quienes ejecutan esta mismo tránsito a cambio de una simple secretaría de Estado o de una dirección general, porque lo contrario sería asumir que se encuentran en comisión de servicios de las empresas en las que causaron baja. ¿Qué se ha de pensar de Pedro Argüelles, que dejó la presidencia de Boeing España por la secretaría de Estado de Defensa? ¿O del subsecretario de Presidencia, Pérez Renovales, anteriormente director general de la asesoría jurídica del Banco de Santander? ¿Qué decir del secretario de Estado de Hacienda, Miguel Ferré, exsocio de fiscalidad internacional de PricewaterhouseCoopers? ¿O del ex managing director de Barclays Capital Iñigo Fernández de Mesa, al frente de la secretaría general del Tesoro primero y de la secretaria de estado de Economía después? ¿A quién se debe la directora general de Seguros y Fondos de Pensiones, María Flavia Rodríguez-Ponga, antes directora de Estudios y Reaseguro de Mutual Madrileña?

Pues bien, a diferencia de los anteriores, que han cruzado individualmente el umbral de la puerta giratoria, Montoro lo hizo en compañía casi de un equipo de fútbol, o mejor dicho de un Equipo Económico, que es como se renombró Montoro y Asociados cuando Cristóbal el lenguaraz volvió a la política activa. En su venir, el ministro se llevó consigo a Pilar Platero a la que nombró subsecretaria de Hacienda y Administraciones Públicas y allí se encontró con Antonio Beteta, que nunca se fue y al que nombró secretario de Estado cuando dejó la consejería de Economía de Madrid. Curiosamente, con Beteta como presidente de la empresa pública Madrid Network, Equipo Económico firmó un contrato de asesoría de dos millones de euros. Casualidades de la vida.

Siempre dado a pedir cuentas, al silente ministro le están pidiendo que explique estas adjudicaciones. Cuando lo haga dirá que no tiene relación alguna con sus colegas desde que vendió su participación en el bufete en 2008, y que si su director de gabinete, Felipe Martínez Rico, es hermano del presidente de Equipo Económico se debe a otra casualidad más de la vida. Es lo que tienen estas puertas giratorias: se ve a quien va y a quien viene, aunque nunca se sepa, como decía Truman Capote, si entra o sale. Pero a Montoro le ha pillado un pie.