Opinión · Tierra de nadie

El circo del PP llega a la ciudad

El circo siempre fue una gran familia y, en ocasiones, grandes familias como las del PP se convierten en un gigantesco circo para diversión de pequeños y grandes. Bajo su carpa hay malabaristas, acróbatas, escupefuegos como Rafael Hernando y también ilusionistas, habilidad ésta en la que ha destacado De Guindos, un artista que lleva varios meses ensayando un número que consiste en hacer creer al público que la crisis se ha acabado y que viven mejor que quieren. Al frente del espectáculo está Rajoy, un consumado escapista, especialmente a la hora de la siesta.

El gran circo del PP vive unos momentos de zozobra tras el accidente de su hombre bala, un tal Moreno Bonilla, que se lanzó sobre Andalucía impulsado por el cañón que accionaban a distancia Javier Arenas y Soraya Sáenz de Santamaría. La maniobra se ejecutó como estaba prevista pero algo falló en la parábola y el infortunado, en vez de caer cerca de San Telmo, justo al lado de la presidencia de la Junta, se despanzurró con estrépito en Sierra Morena, donde aún prosigue incansable la búsqueda de su flequillo.

A raíz de este terrible suceso, la crisis se ha adueñado de este Price de la derecha, que ha visto además como un circo distinto, el de Ciudadanos, se instalaba en la ciudad con nuevas atracciones. La competencia ya ha empezado a notarse en la taquilla, que ya no es lo que era desde que la dejó Bárcenas, un prestidigitador metido a cajero del que aún nadie se explica cómo lograba meter un sobre lleno de dinero en el bolsillo de quienes le visitaban sin que éstos se enterasen.

La situación ha obligado a Rajoy a desperezarse y a convocar este martes un cónclave circense para evitar que cunda el desánimo en sus filas, muy agitadas desde que la faquir Cospedal, cansada de su cama de clavos y de tragarse vidrios, sapos y culebras entre abucheos de los suyos, ha empezado a ensayar como lanzadora de cuchillos, con el peligro cierto de que alguien resulte herido.

Hacía dos años que no se convocaba la Junta Directiva, que así se llama el pretendido concilio, cuando lo reglamentario hubiese sido que se reuniera cada tres meses, pero ya se sabe que en el circo no hay estatutos que valgan. Hay angustia entre algunas de las starlettes populares, que temen que, de tanto funambulismo en el alambre, muchos corran la misma suerte que el hombre bala. Se masca la tragedia y ni Floriano con la cara pintada, su nariz roja y su pajarita tipo hélice puede en estos momentos garantizar una sonrisa.

Además de la faquir, en la diana está también Pedro Arriola, el hipnotizador de cabecera, al que algunos reprochan haber dejado a Rajoy en estado de trance y de convencerle de que tarde o temprano el público caerá rendido a sus pies entre aplausos. No se ha querido ver que los espectadores están hasta el gorro de una función en el que se les ha obligado a ejercer de tragasables y que semejante experiencia traumática no se olvida ni con una tonelada de almax que llegue de las oficinas del INEM.

Habrá que estar atentos a las evoluciones sobre el caballo de la afamada ecuyere Esperanza Aguirre, que si por algo destaca es por su habilidad para la monta del revés, de manera que parece que circula en sentido contrario al resto. Se trata de una amazona muy especial porque en tiempos trató de ser maestra de ceremonias y no acabó de salir del establo. A galope tendido no hay patrulla policial que sea capaz de darle el alto.

Obviamente, todas las miradas estarán puestas en Rajoy. ¿Ejercerá de domador de fieras? ¿Hará de volatinero y se dirigirá a los suyos como si levitara, suspendido por finos e invisibles cables al estilo de la Virgen María y les mostrará el camino? ¿Se transmutará en Pinito del Oro para demostrar que la red no es imprescindible para trapecistas de su categoría? Poco dado a las acrobacias, lo más probable es que Rajoy no haga absolutamente nada. Todo lo más, cuando los enanos que le crecen alcancen cierta altura, montará un equipo de baloncesto.