Opinion · Tierra de nadie

Morir a lo bestia

Europa, ese gran territorio que se proclama impulsor de los derechos inviolables e inalienables de la persona, de la libertad, la igualdad, la democracia y el Estado de Derecho, se ha conmovido mucho por el naufragio en aguas de Sicilia de un pesquero en el que se hacinaban más de 700 seres humanos, posiblemente 1.000, que a estas horas están sirviendo de alimento a los peces del Mediterráneo. Bajo la piel de este continente solidario late un corazón que no cabe ni en los Alpes y, ante tragedias de esta naturaleza, experimenta una tristeza sin límites, reúne rápidamente a sus conmovidos ministros de Exteriores y hace comunicados muy sentidos en varios idiomas para que se entiendan.

Los Gobiernos europeos suelen estar muy ocupados en la alta política, así que si hacen un alto en su denodada lucha contra el déficit y en la defensa de la austeridad, es decir, en apretar las tuercas a Grecia, es porque el acontecimiento es realmente importante. Para llamar su atención no basta con que 300 personas se ahoguen tratando de llegar a Lampedusa, como ocurrió en octubre de 2013, o que otras 400 fueran a encontrarse con ellas en el fondo del mar en el naufragio de una barcaza el pasado día 13 de este mes.

Europa no se inmuta por esas muertes cotidianas, hasta 3.500, que llenaron de cadáveres en 2014 esa franja de litoral desde la que se divisa la costa africana, ni se deja impresionar porque otras 10.000 hubieran podido perecer esta última semana de no haber sido rescatadas en alta mar. Para sobresaltar a estas desarrolladísimas naciones hay que morir en masa, mujeres y niños, preferiblemente, hay que establecer récords, desbordar las morgues y forzar hasta el límite la producción de ataúdes. En definitiva, hay que morir a lo bestia.

Cuando esto ocurre, hasta Rajoy reacciona, y eso que su capacidad para ponerse de perfil es muy superior a la de los sellos de correos. Es en ese momento cuando en las mentes preclaras de Bruselas surgen las preguntas: ¿Qué estará pasando en Libia para que miles de subsaharianos y libios se lancen al mar, huyendo muchos de ellos de sus cómodos campos de refugiados? ¿Fue buena idea derrocar a Gadafi, que sería un tirano pero controlaba las costas, a los salafistas y regalaba –bien lo sabe Aznar- unos caballos árabes que quitaban el sentido?

Y lo que pasa en Libia es que sigue a tiros cuatro años después; que hay dos gobiernos, uno con sede en Tobruk, reconocido por los países occidentales con intereses petrolíferos en la zona y apoyado militarmente por Egipto y los Emiratos árabes, y otro en Trípoli, promocionado por Turquía y Arabia Saudí, bajo el que se agrupan milicianos que combatieron a Gadafi y grupos ligados a Al Qaeda; y que en las conversaciones de paz auspiciadas por la ONU y de su enviado especial, Bernardino León, se ha conversado poco y se ha pacificado menos.

Lógicamente, Europa está muy preocupada porque lo de Libia acabe derivando en un conflicto del estilo del que se vive en Irak y en Siria que acabe extendiéndose a todo el Magreb y porque sus empresas no puedan seguir extrayendo petróleo plácidamente, que es como mejor se explotan los yacimientos. Y por si la diplomacia no consigue una reconciliación nacional y un gobierno comprometido con el control de la inmigración y con la seguridad jurídica de sus multinacionales, no descarta tampoco intervenir militarmente, aunque sólo sea para garantizar la seguridad de las infraestructuras, o sea del suministro de crudo, y, eventualmente, supervisar un alto el fuego.

A esto se circunscriben los desvelos europeos y de sus líderes, que bastante tienen con la geopolítica como para interesarse además por las penurias de la población de un país devastado. Lamentablemente, miles de personas no se conforman con morirse en tierra firme, que sería lo correcto a los ojos del civilizado Occidente, sino que sienten la tentación de lanzarse al mar y eso sí que es preocupante.

A Europa se le abren la carnes por los que no llegan a la otra orilla, sobre todo si lo hacen en número suficiente como para salir en los telediarios, y más aún por los que llegan ya que, además de salir en los telediarios, tienen la fea costumbre de comer a diario, por no hablar de lo difícil que resulta repatriarlos. Esa sí que es una tragedia.