Opinion · Tierra de nadie

El enterrador del PP

Rajoy es hombre de digestiones lentas y lo del domingo a la noche fue como meterse un cocido con callos entre pecho y espalda y de postre unas torrijas. De ahí que haya necesitado tres días para asumir su victoriosa derrota electoral –“¡qué hostia, qué hostia!”, que diría Barberá- y sugerir los cambios en el Gobierno y en el PP que le han exigido los barones territoriales que se baten en retirada. Tal es la magnitud del incendio que se ha declarado entre las filas conservadoras que el presidente se ha visto obligado a enseñar la manguera, la puntita nada más bien es cierto, con la duda de si saldrá agua finalmente o si, como algunos temen, está inutilizada por falta de uso.

Se trata en cualquier caso de un gesto insólito, ya que la idiosincrasia del personaje no presagiaba ni siquiera un parpadeo. Jamás se había visto por estos lares un dontancredismo tan arraigado, al punto de que se había extendido la especie de que lo que se creía inmovilismo era en realidad tetraplejia.

Lo ocurrido en las municipales y autonómicas es para el PP un drama inconmensurable, más allá del trampantojo de haberse mantenido en muchos territorios como la fuerza más votada. El poder local es de una estabilidad marmórea y cuando se pierde pueden transcurrir décadas hasta que uno lo recupera y vuelve a pisar moqueta. Tan bien lo saben los socialistas que quienes allá por los 90 se dispusieron a la travesía del desierto acabaron sepultados por la arena o se convirtieron en perpetuos beduinos.

No obstante, ni siquiera este razonamiento explicaría el tic de Rajoy de no haber venido acompañado de un corrimiento de tierras justamente a sus pies o, dicho de otra forma, de un cuestionamiento interno insólito con el PP en el Gobierno, ya que éste es un partido muy egipcio que siempre ha seguido a sus faraones hasta la pirámide o más allá, precipicio abajo. Hay que presumir por tanto que Rajoy I ha tenido que ver las orejas al lobo o a una manada entera, con escasa predisposición al suicidio en masa.

En definitiva, Rajoy ha detectado que lo que realmente peligra es él mismo como candidato del PP en las generales, sobre todo cuando varios de sus generales se han esforzado por enseñarle la puerta de salida y alguno de ellos, tal es el caso de Juan Vicente Herrera, se ha atrevido incluso a entreabrírsela por si no atinaba con el picaporte.

Para el PP lo peor no ha sido la derrota victoriosa, ni el patetismo de algunos dirigentes, como la ya citada alcaldesa de Valencia y esas primeras palabras suyas sólo explicables por una masiva ingestión del agua de los floreros municipales o de otros líquidos de mayor graduación, sino la indiferencia presidencial ante el primer capítulo de una debacle que terminará de escribirse a final de año. Se entiende que Rajoy no saliera al balcón de Génova a celebrar su ‘triunfo’, pero su ocultamiento nocturno y su falta de autocrítica han convencido a los suyos de que quienes les pastorea no es un líder sino el enterrador.

Así las cosas, es poco probable que a menos de seis meses de las elecciones un cambalache ministerial o una remodelación de la cúpula del partido ofrezca resultados. Algo aliviaría que Rajoy diera un paso atrás, pero eso sería reconocerle una capacidad de movimiento de la que carece. Si el presidente se ha mirado al espejo como se le pedía sólo habrá visto una estatua. Falta una revolución que la derribe.