Opinion · Tierra de nadie

Los pactos de la risa

La cara de Rajoy es un libro abierto que describe a la manera de los grandes maestros rusos el estado de su ánimo. En cada surco, en cada pliegue y hasta en el inicio de la barba pueden leerse con excelente caligrafía la situación general del país, las cifras del paro, el avance de las reformas estructurales y, sobre todo, los resultados de la quiniela del domingo. Los últimos renglones daban cuenta hace unos días de que el presidente estaba muy preocupado por los pactos municipales y autonómicos, que como había advertido Esperanza Aguirre son un peligro para la democracia occidental, para el mundo civilizado y hasta para la investigación aeroespacial.

Opinaba el rostro presidencial que las alianzas de partidos de izquierda era algo muy poco europeo y la bañada comisura de sus labios alertaba del sectarismo contra el PP y de la deriva radical del PSOE, algo que, como translucían alguno de sus tics, era entre malo y pésimo para esa estabilidad del país que tanto admira el FMI.

El desencajado semblante del gran timonel ha tenido efectos inmediatos en el ecosistema político, donde algunos partidos en general y algunos de sus dirigentes en particular se han esforzado por relajar los músculos de la risa de Rajoy, especialmente los dos cigomáticos y el mentoniano, que ya empiezan a notar el alivio y pronto estarán listos para funcionar con entera normalidad.

Así, han comenzado a perfilarse unas alianzas muy europeas, que bien podrían definirse como los pactos de la risa. El primero de ellos se ha fraguado en Andalucía, gracias al cual la presidenta en funciones Susana Díaz logrará ser investida gracias al apoyo de Ciudadanos, una formación de cimbreante cintura que un día exige la dimisión de Chaves y Griñán y al otro les cincela un busto conmemorativo. Díaz ha tardado 80 días en conseguir su propósito, lo mismo que Phileas Fogg en dar la vuelta al mundo. Puede parecer mucho tiempo pero acciones tales como arruinar su pretendido salto a la política nacional y apuntalar definitivamente el liderazgo de Pedro Sánchez tras jibarizar el suyo no se ejecutan de un día para otro.

Lo de Ciudadanos está siendo otra vuelta pero al calcetín. A Don Limpio se le ha acabado el algodón y ello explica que todos los azulejos por los que se restriega le parezcan una bruñida patena. Al olvido de sus exigencias en Andalucía se sumará próximamente una amnesia colectiva respecto al patio de Monipodio madrileño, donde Cristina Cifuentes, esa joven política que apenas si lleva 30 años conviviendo con los más granados e insignes corruptos de su partido, se apresta a realizar cambios sustanciales para que todo siga igual. El gatopardismo de Rivera sigue el curso previsto.

Con todo, lo que más relajaría el ceño de Rajoy puede estar fraguándose en Valencia, donde lo que parecía un acuerdo sencillo para que la lista de izquierdas más votada asumiera la presidencia de la Generalitat y de la alcaldía de la capital y procediera a una intensa desratización de ambas instituciones es ahora mismo un sindiós colosal. Por el medio anda nuevamente Ciudadanos, que ante el carajal formado y la ruptura de las conversaciones entre Ximo Puig y Mónica Oltra, ofrece un cambalache para darle a los socialistas la Comunidad a cambio del bastón de mando del Ayuntamiento. Dicen que la ginebra se ha agotado en la comarca pese a que Rita Barberá tendría que apartarse para facilitar el enjuague. ¿Que por qué el partido que proclamaba que jamás reclamaría un cargo sin ser la lista más votada lo hace ahora? Porque antes que regeneracionistas son antinacionalistas.

Va a haber que mirar de nuevo a la cara a Rajoy, aunque sea por plasma, para comprobar si se ha escrito entre sus nobles arrugas un nuevo capítulo a la epopeya, un final feliz europeo, occidental y, sobre todo, democrático. El colmo sería que algunos émulos del tamayazo ejercieran su magisterio en la alcaldía de Madrid o en la Junta de Extremadura, donde al parecer el PP no se conforma con una despedida a la francesa. Puede que el presidente enterrara entonces ese rictus de viuda afligida y las carcajadas le desencajaran la mandíbula. A ver si al final el pobre se nos va a morir de risa o se le va a escapar el pis en el traje, que no se sabe que es peor.