Opinion · Tierra de nadie

El cuento del ‘tamayazo en diferido’

La manera en la que se ha resuelto la primera crisis en el Ayuntamiento de Madrid y el súbito abandono de Zapata del área municipal de Cultura ha abierto un interesante debate sobre cómo ha de reaccionar la izquierda en este tipo de situaciones. Sobre las voces que pedían la renuncia del concejal se han alzado otras que lo que critican es la ingenuidad y la cesión, la falta de cuajo para aguantar el tirón, con el argumento de que la derecha que se resiste a entregar la cabeza de un ladrón jamás permitiría que se tocara el pelo a uno de los suyos por contar un chiste malo.

Quienes así opinan corren el riesgo de caer en los mismos vicios que han criticado, sobre todo si el argumento va acompañado de la inevitable teoría de la conspiración, según la cual, los poderes fácticos del país han pergeñado un ‘tamayazo en diferido’ para desestabilizar a los nuevos gobernantes, provocar su caída, y restablecer el statu quo, que por lo visto es una señora que se parece mucho de cara a Esperanza Aguirre.

Olvidan además lo que es la política, que no es ni nueva ni vieja, sino una interminable pelea entre unos que quieren entrar y otros que no quieren salir. Ese ha sido siempre y seguirá siendo el juego y, bajo esas reglas, lo que cabe reclamar a quienes han proclamado la superioridad moral de sus ideas es que no desaprovechen la ocasión de demostrarlo.

Buscar la viga en el ojo ajeno para ignorar la paja en el propio es, en definitiva, entrar en ese círculo vicioso que crea la indulgencia, que sólo es una virtud cuando se aplica a los demás. Las comparaciones que importan son otras. Lo que se agradecerá es que los comedores escolares abran en verano cuando antes permanecían cerrados, o que no haya hogares sin luz por falta de recursos cuando antes estaban condenados al frío y a la oscuridad o que las familias no tengan que irse a vivir bajo un puente tras ser desahuciados. Son los actos los que pueden cambiar el mundo y no las excusas.

Los nuevos dirigentes han llegado al poder de los municipios subidos a una enorme ola de ilusión colectiva, pero ello no les exime rendir cuentas ni de ser sometidos a un escrutinio permanente. Los gobiernos están para gobernar y la oposición para oponerse, como su propio nombre indica. También para buscar las flaquezas de los adversarios, resaltar sus contradicciones y hasta para indagar en los tuits de cuando ni sospechaban que algún día se convertirían en autoridades. Ese es nuevamente el juego.

Frente al disparate de algunos consejeros espirituales de esa nueva izquierda, que se manifestaban en privado a favor de rodear con miles de personas la sede del PP para “defender la democracia”, encarnada al parecer en el concejal humorista, tanto Zapata como la alcaldesa de Madrid han estado a la altura de sus votantes. El primero por asumir su error y disculparse y Carmena por apartarle con celeridad de la función que le había encomendado. Ni la guillotina ni la absolución ni cuentos chinos.

No se trata de exigir pruebas de virginidad a los nuevos gobernantes, pero va siendo hora de que el verbo dimitir vuelva a tener una entrada en el diccionario. Nadie es imprescindible. Ello no significa estar al pairo de los acontecimientos. ¿Debe apartarse a una concejal a la que la fiscalía pide cárcel por protestar con las tetas al aire por la existencia de una capilla en una universidad pública? Pues no, al menos en un país que se supone laico o, al menos, aconfesional. ¿Puede la oposición pedirlo? En su derecho está.

A las nuevas candidaturas de unidad popular, a Podemos, al PSOE y a IU, cuyas alianzas han permitido ese ejercicio tan democrático de abrir las ventanas de muchas instituciones para que el aire circule y se puedan levantar las alfombras, quizás no se les pueda pedir que obren milagros, que acaben de un plumazo con la pobreza o con el paro, pero sí que encarnen la regeneración que tanto han predicado. Hay cosas que no se pueden, al menos de golpe, y otras que sí.