Tierra de nadie

Por una nueva bandera

Dentro del proceso constituyente que se promete desde la izquierda, va a haber que dedicar un capítulo al tema de la bandera y, ya puestos, pedirle a Sabina que eche una mano con el himno, porque está visto que con lo del chunda chunda no hay manera de levantar cabeza en Eurovisión. A cuenta de los símbolos nacionales se están montando unas peloteras muy gordas, y la prueba la hemos vuelto a tener este domingo en la proclamación como candidato de Pedro Sánchez, que la lió rojigualda y es muy probable que tampoco se lleve este año el Oscar al mejor diseño de producción.

La bandera es una cosa muy seria y, a diferencia de otros países, su uso aquí por parte de los partidos está sujeto a reglas muy estrictas. Como es sabido, su exhibición sólo se considera aceptable en actos del centro derecha, la derecha, la ultraderecha y de los nostálgicos de la dictadura, ya sea con escudo o con aguilucho. La izquierda puede ondear sin pudor la bandera republicana y agitar si lo desea banderolas del partido, donde se ha proscrito el amarillo, que además da mala suerte en los estrenos. Los nacionalistas e independentistas tienen la suya y nunca han dado que hablar. Gracias a estas normas, no es que se haya conseguido acrecentar el sentimiento nacional pero se evitan las confusiones y que uno se meta en campaña electoral en el mitin equivocado.

Pese a sus incontestables ventajas, esta herencia del franquismo tiene también sus inconvenientes. Ocurre por ejemplo en las rebajas, donde por el qué dirán alguien de izquierdas evitará comprarse un polo con los colores de la enseña patria aunque esté regalado, lo que resulta letal para el fabricante y para la unidad de mercado. De las pulseras y correas de reloj, mejor ni hablar, ya que sus clientes potenciales se reducen aún más. Y así.

Si algo ha de abordar esta segunda transición es la convocatoria urgente de un concurso de ideas para diseñar una nueva enseña más acorde con los nuevos tiempos y someter luego el ganador a referéndum. Debemos abrir la mente y la paleta de colores. Difícil no puede ser porque un proyecto claramente exitoso como la ikurriña fue garabateado en un café por los hermanos Arana mientras construían el nacionalismo vasco. La propia estelada nació del viaje a Cuba de un activista de la Unión Catalanista, que en vez de puros se trajo el triángulo con estrella de la novísima república y excolonia.

Puede que ésta sea la única manera de que una parte de población pueda exhibir su bandera sin que el resto la llame facha y que el resto haga lo propio sin sufrir un ataque súbito de vergüenza. Y de que podamos centrarnos en otros problemas y dejar los líos de trapitos a Zara o a H&M, que de eso entienden bastante. Lo del himno tendría que ser otro cantar, o mejor dicho, alguno. Lo del lala lala lalalalalalalá con el que se disimula en los partidos de la selección es insostenible y un buen día llegará Massiel y nos denunciará por plagio.