Opinion · Tierra de nadie

¿Está Rajoy? Que se ponga

Puede que a Montaigne la soledad le pareciera un instante de plenitud, aunque eso es bastante normal en alguien que decidió pasar diez años de su vida en una torre circular rodeado de sus libros y ajeno al mundanal ruido. Lo que sí es bastante extraño es que el candidato a formar gobierno de la lista más votada, el mismo que ha dado por hecho que el rey propondrá su investidura, también se haya encastillado y renuncie a establecer algún contacto con el resto de partidos, no ya para recabar apoyos, que nunca esta de más en circunstancias semejantes, sino para explicar cuáles son las propuestas que tiene para el país.

Desde que recibiera el no y mil veces no del PSOE, Rajoy parece haber entrado en un período de hibernación, que no se sabe si es fruto de una alambicada estrategia de desgaste del adversario y de sí mismo o de la resignación cristiana por verse convertido en el primer presidente electo de la democracia que no repetirá en el cargo.

Como se ha demostrado este jueves, no es que Rajoy no tenga ganas de hablar, que las tiene. Ha bastado una llamada de un imitador radiofónico del ‘pérfido’ Puigdemont para que el del PP le hiciera rápidamente un hueco en su agenda bastante vacía, como él mismo explicaba. A Rajoy se la habían metido doblada pero salió airoso: si hay que hablar se habla, faltaría más.

Si el presidente no tiene problemas de tiempo para recibir al nuevo representante del independentismo catalán y a su pelazo menos debería tener para explicar a quien quiera escucharle y a quien no cuál sería su programa de Gobierno y qué ofertas está dispuesto a hacer para ser investido. Hasta Albert Rivera, el único predispuesto a dejarle seguir en Moncloa un tiempo más, se ha mostrado anonadado ante la ausencia absoluta de cauces de diálogo “ni de reformas ni de candidaturas ni de contenido ni de nada” .

A escasas horas de que el Rey concluya su ronda de consultas para proponer un candidato, Rajoy se mantiene impasible, hasta el punto de que a estas alturas no se descarta, incluso, que se plante en Zarzuela y aconseje al monarca que encargue formar gobierno a Pedro Sánchez por si con eso de las prisas el socialista arruina el pacto con sus pretendidos aliados de izquierdas y logra reservarse para sí una última bala.

Por el momento, se ignora a qué esta dispuesto. ¿Reformaría la Constitución? ¿Qué solución ofrece para Cataluña? ¿Propondría un pacto fiscal? ¿Accedería al contrato único de Ciudadanos? ¿Derogaría la ley de Mordaza, la de Educación o su reforma laboral? ¿Aceptaría una renta mínima? ¿Gobierno de coalición o con apoyos parlamentarios? Nada de esto puede solventarse sobre la marcha en su debate de investidura, como él sugería cuando aún pensaba que podría convencer al PSOE de que se suicidara dándole apoyo.

El PP es muy humano y de ahí que tropiece todas las veces en la misma piedra del aislamiento con la que su estadista Aznar se dejó el juanete. El reconocimiento implícito de que más allá del sueño roto de una gran coalición no hay camino y de que el entendimiento con quien en otro tiempo fueron sus aliados es a priori imposible demuestra que se puede mandar siempre y no hacer política nunca. Son los únicos frutos que cuelgan del árbol de la soberbia de las mayorías absolutas.

Lo más probable es que después de acusar a Sánchez de obrar en su propio interés sea Rajoy quien lo esté haciendo ahora. El presidente lo tiene entre crudo y poco hecho. Si no forma Gobierno y lo hace el del PSOE le oiremos pronto entonar el canto del cisne ante su partido. Lo único que puede salvarle es que se repitan las elecciones y con ese horizonte a la vista trabaja. Para una negociación no está ni se le espera, aunque siempre se le puede llamar por teléfono.