Opinion · Tierra de nadie

Tonto el que lo lea

Además de confirmar que la situación política está muy malamente y que lo de no tener gobierno sólo preocupa al 11,6% del personal, el último barómetro del CIS ha vuelto a revelar que en España no se lee ni en defensa propia y que los que tienen ese vicio suelen contentarse con alguna catedral del mar y, por extensión, con algo que huela a novela histórica trufada de campesinas rubias y princesas de pechos turgentes. Los datos son escalofriantes: un 36,1% no lee nunca o casi nunca y de quienes lo hacen un 20,1% se pone a la tarea tan sólo alguna vez al trimestre. Si han decidido montar una librería intenten reciclarse hacia el tráfico de influencias porque la media de lectura para un 47,7% es de entre uno y cuatro libros al año y, posiblemente, no todos serán comprados. Así se explican muchas de las cosas que nos ocurren.

Con todo, lo peor no es tanto que no se lea sino los motivos que aducen los encuestados. Un 42,3% afirma que no le gusta o no le interesa y un 16,5% prefiere dedicar el tiempo a otra cosa, tal que el tute o la calceta. Los que pensaban que si no se leía más es porque es una heroicidad para el mileurismo y el inframileurismo pagar 20 euros por un libro en papel estaban equivocados: sólo un 0,8% opina que el precio es la causa. Del libro electrónico hay poco que decir porque el 62,2% ni siquiera lo ha tenido entre las manos. Va a ser cierto que “leer muchos libros es peligroso”, como sostenía el gran timonel, y que éste es un país maoísta hasta la médula.

Decía Galeano que él escribía para los que no podía leerle, para los de abajo, para aquellos a quienes la historia les había puesto en el furgón de cola. Siete años después de publicar Las venas abiertas de América Latina añadía a la primera edición algunas notas complementarias, entre ellas la respuesta que su libro había suscitado en algunos lectores. Citaba el caso del estudiante argentino que había recorrido durante una semana todas las librerías de la calle Corrientes en Buenos Aires para leerse el libro a trocitos porque no tenía dinero para comprarlo. O el de la mujer que había huido de Santiago de Chile en plena matanza de Pinochet con el libro envuelto en los pañales de su bebé. Esa es justamente la pasión que parece faltarnos.

No se trata de abrumar con estadísticas que más que conocerse se intuyen. Los países del norte de Europa leen a destajo, especialmente Finlandia e Islandia, y lo que menos pasan páginas los del sur, con Portugal y Grecia en los puestos de descenso a la segunda división. Se dirá que es cosa del clima y que algo habrá que hacer además de darle al sexo con tan pocas horas de sol al año. Pero el caso es que Japón siempre ha encabezado las estadísticas de lectura en el ránking de la Unesco y no es aquella zona de auroras boreales. La conclusión es que en los países con mayor desarrollo económico y social se lee más, aunque bien pudiera invertirse el axioma: en los países en los que se lee más hay mayor desarrollo.

Lo de ir al gimnasio y ponerse cachas debe de estar muy bien pero ello no es óbice para que el cerebro haga también unas cuantas pesas. El año pasado se podía leer en La Vanguardia un reportaje sobre los beneficios de la lectura que parecía el catálogo de las propiedades de un zumo de frutas. La lectura, se decía, alimenta la imaginación, mejora el éxito profesional, previene el alzheimer, te hace mejor orador y no se sabe cuántas cosas más.

De ello habría de ocuparse el Estado, pero el nuestro está muy centrado en el déficit y en que Rajoy no se mude de Moncloa. En términos reales, entre 2011 y 2014, el gasto en Educación se ha reducido cerca de un 20% y el desembolso en Cultura en casi la mitad. Que no haya prevista dotación para el Cervantes y otros premios nacionales es una anécdota que viene a resumirlo todo.

La lectura siempre ha ido ligada al avance de la democracia porque es una herramienta fundamental para interpretar el mundo y transformarlo. Una sociedad informada y culta es el mayor antídoto contra el autoritarismo, que también se ha transformado y ya no necesita quemar libros ni prohibirlos. Le basta con enseñar a leer y cruzarse de brazos. Gran Hermano hará el resto.