Opinion · Tierra de nadie

El viaje “de negocios” de Felipe VI a Arabia Saudí

Anda el patio revuelto por la visita del rey a Arabia Saudí, un viaje “de negocios” que tuvo que aplazar en febrero por esas manías de los diplomáticos, que en cuanto se decapita a 47 personas, entre ellas a un clérigo defensor de los derechos humanos, se ponen tiquismiquis y cancelan las reservas. De Felipe VI se espera, entre otras cosas, que se traiga en el avión de vuelta un contrato firmado para la construcción de cinco corbetas, con el que Navantia ingresaría 3.000 millones de euros y aseguraría cinco años de trabajo a sus astilleros de San Fernando y el Ferrol. La operación es para perder la cabeza, pero en otro sentido.

Los Al Saud, que son los Borbones de allí, le han cogido mucho cariño a nuestra Casa Real, una amistad muy trabajada por nuestro emérito monarca desde los tiempos del rey Fahd, un teócrata tan generoso que, si las crónicas son ciertas, además de regalarle un yate, le proporcionó a finales de los años 70 un préstamo de 100 millones de dólares sin intereses que luego le condonaría. Quizás por eso, a los puristas del protocolo nunca les extraño que Juan Carlos interrumpiera anualmente sus vacaciones en Mallorca para girar visita a Marbella al hoy rey Salman, entonces gobernador de Riad, en actitud manifiestamente genuflexa.

A esa relación fraternal atribuyen las empresas españolas que Arabia sea la tierra prometida para sus negocios, ya sean pasados por arena, como el AVE a la Meca, o subterráneos, tal que el metro de Riad, adjudicado a un consorcio liderado por FCC por más de 6.000 millones de euros. Que nuestro campechano jefe de Estado, cuyo último viaje oficial fue curiosamente a aquellos desiertos lejanos, se llevara de cada contrato la correspondiente comisión debe de ser un infundio propalado por republicanos aviesos.

Por si la fama de rey mago le ha sido transmitida genéticamente, a Felipe VI le han escrito la lista de regalos en una carta, aunque le han dado tres días para que reúna el pedido en vez de la noche de Navidad, que además allí no se celebra. Tiene que conseguir el contrato de las fragatas, montarse en el dichoso AVE y, llegado el caso, simular que el polvillo acumulado en el traje al final del trayecto es caspa y no arena, y finalmente hacerse amigo del alma del hijo de Salman, Mohammed, su favorito, cerebro, según dicen, de la modernización del país, y llamado a sus 31 años a sucederle porque el primero en la lista al trono, Mukrin, frisa los 70 años y no tiene la jalabiya para ruidos.

Lo de ser rey es un trabajo muy ingrato porque, con mucha razón, varias ONG, desde Amnistía Internacional a Greenpeace o Oxfam Intermon, han denunciado que fabricar corbetas a una dictadura –y que funcionen- es facilitarle el trabajo de violación de los derechos humanos, sobre todo si la dictadura en cuestión tiene sometido a sus vecinos de Yemen a un bloqueo naval, en un conflicto en el que ya han muerto miles de personas, 2,5 millones han tenido que huir de sus casas y más de 20 millones precisan de ayuda humanitaria. ¿Qué tendría que hacer nuestro bienamado monarca?

La respuesta no es nada sencilla ni para algunas fuerzas de izquierda, como Podemos o IU, que siendo verdad que aplaudieron la cancelación del viaje de febrero y que en el Europarlamento instaron a la UE a romper relaciones con Arabia Saudí, a la que acusaban de patrocinar el Estado Islámico, apoyaron luego sobre el terreno la venta de las corbetas. El alcalde de Cádiz, José María González, el de Puerto Real, Antonio Romero, también de Podemos, y el diputado provincial de IU Antonio Alba se han manifestado públicamente a favor de la operación. “Lo importante es el empleo, venga de Arabia, Venezuela y Alemania”, explicaron. Una cosa es predicar y otra dar trigo, como todo el mundo sabe.

Con los datos de la EPA del tercer trimestre resulta evidente que el trigo es muy necesario en la bahía de Cádiz y en toda la provincia. Pese a la mayor caída del desempleo de la historia, la tasa de paro superó el 31%. Uno de cada tres personas en edad de trabajar están mano sobre mano y un 60% de los inscritos en las oficinas del INEM no reciben ninguna prestación. ¿Cinco corbetas? Y 25.

Para acabar con las guerras, con el hambre en el mundo, con el calentamiento global y, ya puestos, con el flequillo de Trump hay que hacer sacrificios, nadie lo niega. Pero los trabajadores de los astilleros, mientras estén abiertos, piden a gritos no ser los primeros en pasar por caja. En cuanto de las fuentes públicas mane leche y miel se darán las condiciones de hacerle a los saudíes un corte de mangas de quitar el sentido y hasta el hipo. Entre tanto, habrá que confiar en que Felipe VI entienda que las gestiones del “viaje de negocios” van incluidas en su sueldo y no dan lugar a pluses. Cosas del nuevo convenio colectivo que tenemos firmado con la monarquía.