Opinion · Tierra de nadie

Las dictaduras, según Albert Rivera

Los de Albert Rivera están que trinan por la delegación que representará a España en las exequias de Fidel Castro, a cuya cabeza el Gobierno ha situado al rey emérito, que es buen conocedor del Caribe aunque sea en su vertiente dominicana. Le parece a Ciudadanos que, siendo Cuba una dictadura, habría bastado con un secretario de Estado, algo de andar por casa, arreglado pero informal, para no dar la impresión de que honramos demasiado a quien reprimió a su pueblo durante 60 años y le impidió vivir dignamente.

Lo de Ciudadanos es de una bipolaridad pasmosa. Cuba es una dictadura terrible, casi tanto como Venezuela, aunque es posible que Maduro se rinda si ‘mister Orange’ vuelve por Caracas en alguna otra elección aquí en España. Lo de Arabia Saudí, en cambio, está por ver. A Riad pueden ir Felipe VI y dos ministros a rematar los negocios del Ibex, que son los intereses económicos de España, y, si cuadra, mencionar ese enojoso asunto de los derechos humanos de manera respetuosa con los Al Saud, que son los Borbones de allí. ¿Que existen decapitaciones en masa, crucifixiones, flagelaciones y torturas diversas, que en su campaña militar contra Yemen los saudíes se pasan el derecho internacional humanitario por la jalabiya, que no hay libertad de expresión y que se persigue con saña a las minorías? Nada que la diplomacia no pueda sortear adecuadamente.

Si algo demuestra este indignante doble rasero es la obsesión patológica que la derecha mantiene desde hace décadas con el régimen de un país insignificante en el concierto mundial salvo por su resistencia numantina al Imperio, cuyo bloqueo y la asfixia económica que llevó aparejada contribuyó a su encastillamiento, y que, finalmente, no pudo impedir que Fidel Castro muriera de viejo en su cama. Cuba dejó de ser hace tiempo el icono de la izquierda para convertirse en el espantajo de esos elegantes neoliberales que históricamente han justificado los gobiernos títere y las dictaduras de encargo en América Latina mientras millones de personas morían de hambre con sus recetas.

El propio PP ha mantenido en esta ocasión la compostura, después de la experiencia de su estadista con bigote, cuya fijación con Cuba le llevó a hacer el bloqueo por su cuenta y a propiciar una posición común en la UE que durante casi dos décadas ha condicionado la relación de Europa con la isla. Tanto por los lazos históricos como por los económicos, España debió jugar un papel protagonista en el deshielo entre Cuba y Estados Unidos. En su lugar, lo hicieron Canadá y el Vaticano. Ahora ha sido necesaria la condonación de 1.492 millones de euros de deuda para hacerse perdonar y que al mismo Ibex que construye vías férreas y metros en Arabia no se le cerraran las puertas de Varadero y de los Cayos.

No hace falta que Rivera se ponga digno y nos descubra ahora el fracaso de la Revolución, porque ya lo había hecho el propio Raúl Castro al abjurar de la planificación centralista y denunciar la corrupción del sistema y la discriminación que, según dijo, habían padecido negros, mestizos, mujeres y jóvenes. A estas alturas, casi nadie duda de que se malogró la utopía y que de nada sirve formar ingenieros, médicos y profesores si luego se les condena a ver mirar cómo rompen las olas en el malecón o a vender puros falsos a los turistas. También es indudable que si los esfuerzos para acabar con el castrismo se hubieran dirigido al resto de dictaduras del mundo, el Partido Comunista Chino estaría ahora haciendo primarias para poner en evidencia a la gestora del PSOE.

Con todo, el líder de Ciudadanos habrá de reconocer que sus bestias negras dictatoriales son un tanto especiales. En Venezuela, de entrada, se vota al presidente y que ganara Maduro puede resultar tan extraño como que lo hiciera Trump un poco más al norte. Y está muy bien que impulse la democracia en Caracas pese a que le pilla a trasmano, teniendo como tiene a Marruecos a tiro de piedra. Lo de Cuba parece más claro, aunque sea difícil sostener que Fidel Castro haya sido el monstruo sanguinario que la propaganda norteamericana y el exilio cubano en Miami se encargaron de presentar. Es verdad que hace demasiado tiempo que el paraíso socialista se transformó en purgatorio. Y que existen presos políticos, que conviven junto a una oposición oficial, organizada y visitable, que acude con regularidad a las recepciones de las embajadas como un elemento más del paisaje político. Dictadura, sí, pero bastante atípica.

¿Absolverá la historia al comandante? Pues dependerá de quien la escriba. Si como se ha dicho su muerte cierra el siglo XX, el funeral no es un expediente que deba cubrirse con un simple secretario de Estado como aconseja Rivera. Al rey emérito le hacemos además un favor. Lo del Caribe es que le pierde.