Tierra de nadie

El ojímetro del PP

El PP es el partido de los mil ojos. A ojos cerrados reeligió a Rajoy como presidente y a ojo de buen cubero se tumbó la enmienda para limitar el número de cargos con la que los críticos de Cospedal intentaban apearla de la secretaría general. Se ha demostrado que la número dos es el ojito derecho de Rajoy, que es el que guiña compulsivamente cuando se le pilla en un renuncio. En un abrir y cerrar de ojos se ha dado carpetazo a Aznar y a su bigote, con el que primero se anduvo con ojo y al que ya ni se nombra. La derecha se regocija con las crisis ajenas y no se mira los pies.

Lo de esta gente es alucinante. Han perdido 49 diputados y la mayoría absoluta, gobiernan porque los milagros existen y porque la izquierda está de mírame y no me toques, a su cosecha de corruptos no le afectan las heladas y su España se rompe tal y como predijeron, gracias a su trabajo infatigable y sin desmayo. Gracias a todo ello, Rajoy ha conseguido el 95,65% de los votos de sus compromisarios y proclama que todavía puede dar mucho más, que la suya es política de la buena y que enfrente sólo tiene a chisgarabises. ¡Ojo al Cristo, que es de plata!

El presidente es digno de estudio. Hace unos meses se le daba por muerto y hasta hubo algún ensayo de sus funerales. Se vieron meninas donde sólo había molinos y algunos tipos providenciales como Margallo se ofrecieron como tapados enseñando la patita y el cráneo entero para que se apreciara el tamaño de su mente privilegiada. El PP, según se decía, buscaba un sustituto para esa rémora perezosa que se había convertido en el gran problema del país. La desesperación se reflejaba en las quinielas. De Núñez Feijóo a Monti De Guindos, pasando por Pablo Casado, que eso sí que era desesperación elevada a la enésima potencia. Al inmóvil se le exigía que diera un paso atrás, lo cual más que metafísico era un imposible tremendamente físico. Le bastó hacer la esfinge para que los suyos se postraran este fin de semana a los pies de su líder estatua en un congreso de traca.

Entre ovación y ovación a la difunta Barberá, que ya es incorrupta como algunos brazos, los debates de PP han sido de una intensidad asombrosa. Del quién dijo primarias se pasó sin solución de continuidad a quién dijo maternidad subrogada. La gran polémica ha estado en el rechazo a ojo de la enmienda que quería poner a Cospedal mirando a Cuenca -donde están sus críticos-, para impedir que repitiera en la secretaría general. La gran escandalera no tenía sentido. Contar cartulinas en un partido que elige a la búlgara es una pérdida miserable de tiempo. Si hay que contar se cuenta pero el ojímetro no falla ni por 25 votos.

Mientras sus adversarios se sacaban los ojos, el PP abrió el suyo, que asaban carne. Descolocado en un principio por el nuevo mapa político, la estulticia de unos, la soberbia de otros y la ceguera de la inmensa mayoría han hecho posible que un partido en estado de avanzada putrefacción se muestre como la perfecta encarnación de la unidad, que al parecer es una cualidad más apreciada que la honradez. A esa izquierda estéril y a la nueva derecha que ya no es socialista sino liberal progresista o lo que convenga deberían los populares mostrarles eterno agradecimiento por no ver lo que se les venía encima. A eso se le llama tener buen ojo.