Tierra de nadie

El nanocerebro que insulta a Iceta

La nanociencia se ocupa de lo pequeño y hasta de lo invisible. Teóricamente, es posible reensamblar los átomos y moléculas de un vino peleón y transformarlo en un Vega Sicilia. Pero en vez de eso, los especialistas en la materia se han dedicado a cosas menos trascendentes como fabricar nanorobots que administran medicamentos, destruir células cancerígenas con nanotubos de oro, miniaturizar hasta lo imperceptible circuitos integrados, crear nuevos materiales como el grafeno o cicatrizar heridas con nanopartículas de plata y restos de una mariscada.

Jordi Borrell es uno de los puntales de este prometedor y multidisciplinar campo de investigación. Doctor en Farmacia, profesor de Química en la Universidad de Barcelona y director del Instituto de Nanociencia y Nanotecnología de esa misma universidad, sus trabajos se han centrado en actuaciones en la membrana celular, en la encapsulación de fármacos en liposomas y en otros procesos tan importantes como incomprensibles al común de los mortales.

En las últimas horas ha cobrado notoriedad por sus insultos a Miquel Iceta que, en realidad, sólo pueden entenderse como los efectos de una nueva línea de investigación de este científico de lo diminuto. Borrell se ha adentrado, sin duda, en la reducción del cerebro a escala microscópica y se ha ofrecido como cobaya humana de su propio experimento. La jibarización cerebral es un proceso arriesgadísimo ya que implica contraer las neuronas a escala subatómica, y dicho peligro se acrecienta en quienes, de fábrica, sólo disponen de cuatro para vigilar los fuegos de la cocina.

Sólo así se explica racionalmente que un pretendido científico puede usar las redes sociales para llamar a Iceta "ser repugnante" y referirse a la dilatación de sus esfínteres como argumento de autoridad de sus ultrajes. El asunto de los esfínteres del socialista es un tema que tiene a Borrell claramente obsesionado y en el que viene incidiendo desde el pasado mes de octubre. Ha sido ahora cuando ha quedado demostrado que aunque el cerebro pueda menguarse y hacerse imperceptible al ojo humano, la homofobia no puede ocultarse a escala nanométrica.

Es evidente que el experimento ha resultado un fracaso pero no sólo porque las taras psíquicas no se reducen a medida que lo hace el bulbo raquídeo. El achicamiento de la masa gris provoca reacciones impulsivas como pretender borrar el rastro de los insultos a toda prisa, cuenta de Twitter incluida. Es decir, que agiganta la cobardía hasta un punto que excede con mucho la capacidad craneal del individuo.

La Universidad de Barcelona se ha apresurado a anunciar que actuará contra Borrell, al que se considera incapacitado para continuar al frente del Instituto. Sería una medida compasiva con esta víctima de la ciencia, con este Frankestein de la minoración. Si el cerebro aún le diera para algo quizás podría centrarse en la búsqueda de esa piedra filosofal de la enología que, llevada al extremo y jugando al tetris con las moléculas, haría posible transformar el agua del grifo en un reserva de Emilio Moro. Pero no parece que Salamanca vaya a prestarle lo que la naturaleza no le ha concedido a escala 1.1.