Opinion · Tierra de nadie

Siga a este taxi

Que el conflicto del taxi no puede acabar bien lo saben el Gobierno y los taxistas, ya sea porque el primero promete lo que sabe que no puede cumplir o porque los segundos piden un imposible viaje hacia atrás en el tiempo. No se puede luchar contra esa modernidad de la que advertía Bauman, porque lo que no se quiere cambiar ya ha cambiado y lo que se creía inamovible es hoy una realidad zarandeable, bamboleante y líquida.

Llevan razón los taxistas en que la ley no se cumple, que la famosa proporción 1/30 entre sus licencias y las de las VTC de Uber y Cabify es hoy de 1/7 y será menor a medida que los tribunales vayan resolviendo los casos pendientes. Quienes hoy denuncian estar sometidos a una competencia desleal son los que durante décadas no tuvieron ninguna, y no estaría de más alguna autocrítica del sector, no ya para comprender cómo se ha llegado hasta aquí sino para arbitrar una solución de futuro.

El gran drama del taxi ha sido el sistema de concesión de licencias. Siendo el suyo un servicio público en manos privadas, lo razonable hubiera sido que éstas se concedieran a precio fijo y que, cuando sus titulares se jubilaran o abandonaran su actividad, volvieran a la Administración para una nueva adjudicación por méritos. En lugar de eso, se originó un mercado secundario sometido a una especulación tan galopante que deja pequeña la burbuja inmobiliaria. En ciudades como Madrid o Barcelona se han llegado a vender licencias por 300.000 euros y lo que los taxistas creyeron que era una inversión –que lo fue- se asemeja hoy mucho a una estafa piramidal tras la irrupción de nuevos operadores en el breve lapso en el que estuvo en vigor la desastrosa liberalización acometida en 2009.

El disparatado precio de las licencias desembocó en el fenómeno de la pescadilla que se muerde la cola. Hacer frente a los créditos que muchos tuvieron que pedir para ponerse al volante, obligó a los taxistas a incrementar sus jornadas, lo que dibujó en su rostro esa cara de mala leche tan conocida entre los usuarios y les transformó en oyentes asiduos de la COPE. En su intento de darse un respiro, forzaron a los Ayuntamientos a elevar sus tarifas, lo que se tradujo en una reducción del número de clientes y en más horas sobre el respaldo de bolas de madera para compensar la menor recaudación. El fenómeno se reprodujo una y otra vez, mientras se contenía el número de licencias, cuyo número ha permanecido invariable en décadas.

Se llega así a la situación actual en la que han de compartir asfalto con esos nuevos operadores que ofrecen botellas de agua a los clientes, les preguntan qué emisora quieren escuchar y si está a su gusto el aire acondicionado y les cobran la mitad por el mismo trayecto. Si estos servicios se realizan gracias a la explotación laboral, con elusiones fiscales de sus patronos y con incumplimientos de las normas establecidas, es exigible la mano dura de la Administración para impedirlo. También para evitar la situación de abuso en la que trabajan muchos asalariados del taxi, que es el lumpenproletariado del gremio y de cuya existencia nadie parece acordarse.

Nadie discute, por tanto, que existe una ley que no se cumple porque fue sobrepasada por la realidad. Y que los taxistas hacen bien en exigir medidas a los poderes públicos, singularmente que sean comunidades y ayuntamientos los competentes en las autorizaciones, aunque con la certeza de que en muchos casos sólo les abocará a la melancolía. A partir de ahí se echan en falta soluciones, que quizás pasen en primer lugar por compensaciones a quienes se empeñaron en la compra de una licencia en los tiempos en los que todo era sólido y hoy se ha sublimado hasta lo gaseoso. ¿Que por qué las administraciones, o sea todos, deberían retratarse ante lo que no deja de ser una especulación entre particulares? Pues porque están en el origen del mal y porque han ido sacando tajada, Hacienda mediante, de las sucesivas compraventas.

En segundo lugar, resulta evidente que el sector debería afanarse en hacer frente a los competidores con sus mismas armas para fidelizar a la clientela: tecnología y tarifas variables o precios fijos, según el caso; hasta descuentos, que es lo que ha empezado a ofrecer alguna plataforma de taxistas. Intentar volver al pasado es un imposible metafísico, un sueño inalcanzable. Entre la liberalización salvaje y el monopolio hay un campo enorme en el que jugar si las reglas son claras y se cumplen.