Opinion · Tierra de nadie

El bucle

Tanto se nos había advertido sobre la conferencia de ayer en el Teatro Nacional de Catalunya del vicario de Puigdemont en las Ramblas, que algunos aventuraban una especie de aquelarre independentista con Quim Torra transfigurado en macho cabrío comiendo niños españoles. Pero lo cierto es que más allá de la retórica y de una escenografía de misa negra, el supuesto demonio fue casi un corderito llamando al diálogo y a la negociación sin que se escuchara ninguna referencia explícita a la ruptura y a la desobediencia,  que es lo que hubiera conferido al ambiente ese olor a azufre tan característico.

Seguimos, eso sí, viviendo en una excepcionalidad indisimulable en donde lo más tangible es que existen unos presos que unos utilizan para demostrar que con las cosas de la unidad territorial no se juega y otros para alimentar la heroica resistencia de un pueblo contra la represión. Excepcional fue, por ejemplo, que un president se subiera a las tablas en vez de hacerlo a la tribuna del Parlament, que los suyos y sus todavía aliados tienen cerrado para no distraer al respetable con debates innecesarios.

No se esperaba un discurso sino una hoja de ruta hacia la independencia, pero más allá del anuncio de un foro cívico para entretener a los convencidos, que viene a ser la versión popular de una subcomisión de estudio, y de una marcha permanente por los derechos civiles, Torra miró al soslayo, fuese a Waterloo y no hubo nada. La marcha que debía comenzar hoy sin que se conozca origen y destino, querría emular la de Luther King sobre Washington pero bien podría parecerse a la de Mao en China huyendo durante un año de las tropas de Chiang-Kai-shek.

Quedó en el aire una especie de amenaza sobre lo que ocurriría en caso de una sentencia condenatoria a los dirigentes encarcelados, decisiones que, según dijo, Torra comunicará en su momento al Parlament y a la ciudadanía. Hay quien especula que dichas acciones incluirían abrir las celdas para facilitar su huida emboscados en la masa a lo Evasión o victoria,y quien, por puro pragmatismo, entiende que se limitarían a adelantar las elecciones para dotar al procés de la mayoría incontestable de la que hoy carece. Sea como fuere, tras escuchar al president, en Moncloa se lanzaron suspiros de alivio.

De lo que Torra dijo y, sobre todo, de lo que no dijo, caben extraer un par de conclusiones. La primera es el difícil equilibrio que mantiene el independentismo, cuyas diferencias ya son visibles y podrían adornar el rosario de la aurora en cuanto el apetito de Puigdemont por merendarse a ERC se manifieste a las claras o cuando los republicanos se cansen de las acusaciones de traición que se les lanza por defender el gradualismo y la bilateralidad frente al todo o nada.

La segunda es la necesidad mutua que Generalitat y Gobierno se tienen. Es verdad que la continuidad de Pedro Sánchez depende del apoyo parlamentario de los partidos catalanes, pero también lo es que provocar su caída podría ser contraproducente si el resultado final es facilitar la llegada al poder de una coalición PP-Cs. Este temor a que el remedio sea peor que la enfermedad es lo que permite a Sánchez amenazar con reeditar el 155 cuando es obvio que la intervención no figura ni en sus sueños ni en sus pesadillas. El bucle prosigue su curso infinito.