Opinion · Tierra de nadie

Otro finiquito en el PP

Cuentan que Pablo Casado se dispone a dar el finiquito a Pedro Arriola, pero no en forma de simulación sino de pasaporte. Lo del marido de Celia Villalobos es casi de leyenda. Es como si el PP jubilara a su gaviota o como si el Congreso despidiera a uno de sus leones. Tras casi treinta años de comer la oreja a Aznar primero y a Rajoy después, el Rasputín de Génova, que así se le llamaba, deja de hacer caja en el negocio más rentable de su vida. Casado no tiene corazón o, lo que es más probable, no tiene orejas.

Si todo lo que se ha escrito sobre Arriola fuera cierto, estaríamos ante la reencarnación de Fouché con acento sevillano. No ha habido decisión del partido que no haya sido atribuida a este asesor, dicen que sociólogo, hasta el punto de haber dado nombre a la ideología del partido, que no es conservadora, ni liberal ni democratacristiana sino simplemente arriolista.

Sobre el arriolismo se ha abundado mucho en estos últimos años. En líneas generales se ha definido como una forma de ver pasar el tiempo sin mover un solo músculo, de no hacer nada para no equivocarse, de mantener un hieratismo de esfinge ante los sobresaltos. Estaríamos, por tanto, ante el mentor y maestro del dontancredismo rajoyano, que perfeccionó su doctrina y deificó la siesta. Los más activos e hiperventilados dirigentes populares le culpan de la postergación de los principios a favor de las encuestas y hasta de una “rendición progresiva al consenso socialdemócrata”, dicho sea en palabras de Vidal Quadras, que ha maniatado las firmes y cavernarias convicciones de la derecha en asuntos tales como el aborto, el divorcio exprés o el matrimonio homosexual.

Tales consideraciones dejan en muy mal lugar a los líderes del PP, ya que implican asumir que sus clientes, ya tuvieran bigote o barba, eran sólo marionetas hipnotizadas y hasta idiotizadas por sus discursos y sondeos, de los que en ocasiones hacía partícipes a comités ejecutivos y candidatos electorales sobre los que derramaba una cascada de datos estadísticos sin facilitarles jamás un solo papel que respaldara sus asertos, en su mayoría simples tendencias demoscópicas sobradamente conocidas por el auditorio.

Recomendado a Aznar por el entonces presidente de la CEOE, José María Cuevas, Arriola ha sido más psicólogo que sociólogo, o esa era la opinión de Guillermo Gortázar, diputado y miembro del comité ejecutivo del PP en los tiempos del gran estadista con mostacho. Según su versión, su verdadera función era la de sedante, de relajante muscular, de refugio en el que Aznar y Rajoy olvidaban por un tiempo las presiones y las conspiraciones externas e internas.

Al parecer, a ambos les decía siempre lo que querían oír, sin apartarse nunca de su objetivo primario, que no era que el PP ganara elecciones sino seguir ingresando dinero en cantidades industriales a costa del partido, ya fuera en blanco o en negro, color este último sobre el que Bárcenas ya dio en su día pinceladas suficientes. Que un simple empleado con contrato mercantil fuera uno de los interlocutores del Gobierno con ETA en su encuentro de Suiza dice mucho de su magia ibuprofénica y reduce el nivel político de aquel Ejecutivo a la altura del betún de Judea.

Desde esa posición, a Arriola le han adjudicado innumerables paternidades, desde el “váyase, señor González” a esa niña que Rajoy parió en televisión sin epidural en uno de sus debates con Zapatero. Sus detractores le han responsabilizado de decapitaciones públicas, como la de Gallardón como ministro de Justicia, de la desafección ciudadana a la democracia y hasta del auge independentista en Catalunya o de la política de brazos cruzados ante la corrupción. De ser verdad, su poder ha debido de ser inmenso, mucho más desde luego que su ojo clínico a la hora de describir la irrupción de Podemos como la llegada de una cuadrilla de frikis con algo más de pelo que Ruiz Mateos.

La jubilación del valido deja un hueco que bien podría haber llenado el actual consultor de Pedro Sánchez, ese suflé llamado Iván Redondo que tanto se trabajó el puesto. La desaceleración económica es una realidad y el marido de Villalobos es una de sus primeras víctimas. Lo suyo era un final anunciado, si no en las encuestas sí en los posos de café.