Opinion · Tierra de nadie

El ego de Margarita Robles

Para esquivar los dilemas con los que a veces se topa, los teóricos de la geoestrategia inventaron la ‘realpolitik’, que viene a ser la manera pretenciosa y alemana de referirse al pragmatismo. Consiste esencialmente en meter a la ética en un baúl y tirar al mar la llave y hasta el propio baúl a la hora de afrontar las relaciones internacionales. Ante cualquier asunto no hay  otra consideración distinta al del interés nacional, que es en gran medida económico y se antepone a la ideología o a las propias creencias morales. Por poner un ejemplo práctico, un país vende bombas guiadas por láser a Arabia Saudí sabiendo que puede usarlas en Yemen porque de ello depende que te compren cinco corbetas, que termines el AVE a la Meca, que es como la obra de El Escorial pero con más polvo, que empieces a tunelar el metro de Riad, o que el sátrapa que allí gobierna le condone a su hermano emérito algunos petropréstamos del pasado para que sus cuentas en Suiza no adelgacen repentinamente.

Puede ocurrir en ocasiones que un alma pura se rebele, se niegue a cerrar los ojos y resuelva el dilema del ladrón noble, aquel que, siendo testigo de que alguien roba un banco y mata al cajero, duda si denunciarlo sabiendo que el dinero del botín iría a parar a un orfanato donde los niños se mueren de hambre. Habrá quien piense que esto es justamente los que ha hecho la ministra de Defensa, Margarita Robles: no contribuir a que los saudíes sigan arrasando Yemen con tus bombas (denunciar al ladrón), aunque eso te cueste, de entrada, el contrato de unas corbetas que darían de comer durante años a 6.000 empleados de los astilleros de Navantia en la bahía de Cádiz (los niños del orfanato). La decisión, aun discutible, sería impecablemente ética.

Sin embargo, no parece ser eso lo que ha ocurrido a la vista de los sucesos posteriores. Y es que, tras tirar la piedra contra las vidrieras de los árabes, nuestra íntegra ministra ha ido corriendo a pedir perdón por su niñería a los de la jalabiya, acompañada entre otros del jefe del CNI, Félix Roldán quien, según parece, es un padre sacrificado que está para los rotos del jefe del Estado y para los descosidos de doña Margarita. Así que tras numerosas genuflexiones ante el embajador saudí en España y un sincero propósito de enmienda, parece haberse conjurado el peligro de que los del Golfo nos pongan en la lista negra junto a Canadá, que aún cuenta los miles de millones de dólares que le ha costado una broma similar.

Lo normal en alguien tan deontológicamente comprometido hubiera sido mantenerse firme, sostenella y no enmendalla, y en el caso de que tu gobierno antepusiera unas corbetas a los derechos humanos presentar la dimisión y denunciar su hipocresía. De lo sucedido cabe suponer que, sin medir las consecuencias, la titular de Defensa quiso participar de la política de gestos del Ejecutivo e inventarse un Franco propio al que exhumar sin percatarse de que no se pueden pisar dunas en el desierto sin llenarte de arena los zapatos.

Es una frivolidad que para satisfacer el ego de la ministra se obligue a elegir a los trabajares de los astilleros gaditanos entre defender la paz o el pan, como bien apuntó el alcalde de Cádiz. Es el Gobierno el que debe resolver sus dilemas sin someter a los demás a escoger entre la ética y el sueldo. Si hacer bombas y barcos de guerra para una teocracia es inmoral, asegúrese antes que los astilleros tengan otra carga de trabajo. Y si hay que acabar con las guerras y con el hambre del mundo, que nos alisten a todos, pero que sea Robles quien vaya en primera fila.