Opinion · Tierra de nadie

La tesis del doctor Sánchez

El numantinismo de la clase política ante las irregularidades, las ilegalidades o los despropósitos tenía sus ventajas. Obviamente, era muy beneficioso para los señalados, que nunca consintieron fácilmente eso de ser apeados del coche oficial sin oponer resistencia. Pero también para los partidos que, más allá del desgaste de tener a varios malditos entre sus filas, no dudaban en usarlos como cortafuegos ante posibles incendios incontrolados que chamuscaran a sus líderes. Bastaba que un adversario pidiera la renuncia de un cargo público para que el aludido se encastillara y se petrificara en el sillón antes de ser llevado en andas por los suyos como un paso de Semana Santa. Daba igual que fueran corruptos o sólo idiotas, que hubieran metido mano en la caja o que su ineptitud o desvergüenza rozara el sobresaliente. Durante un tiempo disfrutaban de la absolución de sus pecados o, al menos, de la disculpa, ya que siempre se podía encontrar en las filas de enfrente a alguien comparable.

Con el cambio de tendencia y la recuperación definitiva para el castellano del verbo dimitir, que en las últimas décadas se había dado a la fuga del diccionario en su conjugación del presente de indicativo, han empezado los problemas. En el caso del Gobierno y la precipitada salida de dos de sus ministros, lo que debía entenderse como un saludable ejercicio de asunción de responsabilidades se ha contemplado como debilidad y caos. Más aún, la dimisión de Carmen Montón por las irregularidades de su master y los plagios en su trabajo final de ídem han venido a abrir una caja de Pandora que puede pillar los dedos al propio presidente, al que ya se le buscan las vueltas por su tesis doctoral, protegida para su consulta casi como un incunable.

El primero en morder la pantorrilla presidencial fue Albert Rivera, el líder veleta, quien tras meses de desconcierto y sin acertar a saber si lo que soplaba era cierzo o tramontana, bajó este miércoles del campanario transformado en un auténtico gallo de pelea. Su exigencia a Sánchez de que mostrará su tesis no sólo descolocó al del PSOE sino que provocó una peregrinación periodística en busca de ese santo grial cum laude. Siguiendo al cardenal Richelieu y su reto –“Dadme seis líneas escritas por el más honrado de los hombres, y hallaré algo en ellas para colgarlo”- ya hay medios que han encontrado en sus más de 340 páginas motivos suficientes para la crucifixión del brazo de mar de la Moncloa.

La tesis de Sánchez es un asunto guadianesco, que ha ido apareciendo de forma recurrente en cada hito del ascenso, óbito, resurrección y entronización del presidente. Y si en su día se sembraron dudas sobre su autoría, que se atribuía a un ‘negro’ llamado Carlos Ocaña, ex jefe de gabinete en el Ministerio de Industria de Miguel Sebastián, hoy han germinado en acusaciones directas, incluida la del plagio de algunos párrafos de artículos e informes oficiales. Todo ello aderezado con opiniones que cuestionaban la calidad del trabajo. Por resumir: la tesis era un bodrio que no merecía la máxima calificación, había amiguetes suyos en el tribunal y la escribió un propio que, a mayores, está en nómina de Florentino Pérez.

La aparente contradicción en que la tesis fuera escrita por Ocaña, que ya lo ha negado, y que el propio Sánchez pidiera en Twitter ayuda para encontrar bibliografía no tardará en resolverse con el argumento de que hasta los ‘negros’ necesitan que se les eche una mano. Herido cual cervatillo, Sánchez ha amenazado con acciones legales a los medios que le han puesto en la diana. Mientras, Pablo Casado, al que se suponía el principal afectado por la dimisión de Montón y que no tardará en acudir al Tribunal Supremo para dar cuentas de su máster, ve cómo los disparos pasan por encima de su cabeza.

Sería ingenuo pensar que Sánchez vaya a tirar la toalla por unas portadas con más especulaciones que certezas, pero es innegable que se enfrenta a un duro desgaste. Nadie le dará el empujoncito del paracaidista, como él mismo hizo con sus ya exministros de Cultura y Sanidad para que vencieran el vértigo y su prevención natural a bracear entre las nubes. Pero tampoco habrá nadie que le libre del mareo.

Se enfrenta a un difícil dilema. O mantiene la celosía sobre su tesis amparándose en que la norma que rige para su trabajo no exige su digitalización y libre consulta, lo que daría pie a pensar que algo oculta, o la convierte en un best-seller y permite que se destripe a fondo, ejercicio en el que se saldrán a la luz errores de cita y copias -que en un pequeño porcentaje se admiten en cualquier trabajo universitario-, por no hablar del suspenso con el que será calificado por los gurús de la cosa.

El peligro no es que las expectativas de Sánchez se resientan o que caiga el Gobierno y se precipiten las elecciones sino que el verbo dimitir vuelva a convertirse para los políticos en una palabra más impronunciable que esternocleidomastoideo y desoxirribonucleico juntos en un sola frase. Sánchez estará dolido y Casado en guardia, pero quien está de los nervios es el mismísimo diccionario.