Opinion · Tierra de nadie

Un concurso para ver quién es más traidor

Quim Torra ha planteado por carta a varios líderes mundiales una intermediación para negociar un referéndum sobre la independencia y, aprovechando el sello, podría haber pedido también un pacificador que evite que JxCat y ERC lleguen en cualquier momento a las manos. Las dos principales fuerzas soberanistas forman uno de esos matrimonios muy mal avenidos a los que no se pude sacar a cenar sin que se tiren los trastos a la cabeza a los postres y que hace tiempo que se hubieran divorciado de no ser por los niños, a los que un juez del Supremo tiene recluidos en una guardería con barrotes

Son los presos los que mantienen la ficción de esta unidad de destino en lo universal y en lo particular, el inestable andamiaje de un procés en el que sus dos grandes actores compiten por mostrar a los suyos cuál es el más temerario, como en esas carreras de coches en el que la victoria es para aquel que es capaz de frenar más tarde ante el precipicio. Desde que Gabriel Rufián insinuó que Puigdemont era Judas por amagar con adelantar las elecciones, sus famosas 155 monedas de plata tintinean en cada acción, en cada discurso. Se rivaliza en definitiva por ver quién pasará a la historia como el gran traidor a la causa.

El episodio de ayer en el Parlament fue el colofón a una sucesión de disparates que inició el propio president de la Generalitat con un ultimátum al Gobierno casi tan breve como la declaración de independencia. Torra no quiere ser Petain y para demostrar que lo suyo no es colaboracionismo sino resistencia amenazó con retirar su apoyo parlamentario al Ejecutivo si no se avenía a negociar en el plazo de un mes una consulta sobre la autodeterminación. El desafío parecía pactado pero no lo era, o lo era sólo entre el señor de Waterloo y su vicario en las tierras del Ebro. Así que desde ERC y hasta de sus propias filas le hicieron recular atropelladamente con una carta a Pedro Sánchez en el que le pedía una cita pero sin agobios.

Con el ambiente caldeado se llegaba al debate de política general del Parlament, cuyas puertas habían estado cerradas tres meses porque los posconvergentes y Esquerra habían sido incapaces de encontrar una fórmula para tragar sin que se notara con la suspensión decretada por el Supremo de los seis diputados presos o fuera de Catalunya, entre ellos Puigdemont. De manera un tanto española, unos y otros llegaron sin los deberes hechos y se pusieron a buscar una fórmula sobre la marcha que les permitiera aprobar el examen con un suficiente raspado.

Para entender la discusión hay que cursar como poco cuarto año de procés pero, para entendernos, los de Puigdemont querían limitarse a delegar el voto, algo así como el chiste del chulo que no se cae por el frenazo del autobús sino que se tira, y los de Junqueras se avenían a designar un sustituto, todo muy semántico y sin sentido porque la prueba de que los seis ya habían sido suspendidos es que llevan varios meses sin cobrar la nómina. Tras un número circense de trapecio y malabares se alcanzó finalmente una solución que los letrados del Parlament juzgaron insuficiente, y pese a que su dictamen no ha sido tenido en cuenta, el presidente de la Cámara, Roger Torrent, decidía aplazar el pleno a la semana que viene por ver si alguna bombilla se ilumina el fin de semana y porque no sólo carga el diablo los ultimátums sino también la desobediencia.

Todo se reduce a una pugna muy salvaje por el espacio electoral. ERC creyó que en las elecciones convocadas por Rajoy en virtud del artículo 155 se coronaría como la primera fuerza catalana. Sin embargo ocurrieron dos imprevistos: que Ciudadanos ganó las elecciones y que el invento de Puigdemont bajo la bandera de restituir al Gobierno legítimo le comió la tostada. A partir de ese momento unos tratan de demostrar que a independentistas no hay quien les gane y otros que las prisas son malas consejeras en el camino hacia la República.

Hasta los medios más proclives a la causa soberanista coinciden en que no queda otro camino que la convocatoria de elecciones, ya sea de manera inmediata o tras el juicio a líderes independentistas. No se descarta incluso que, previamente, Torra vuelva a presentar al Parlament una nueva declaración de independencia para demostrar que iba en serio cuando decía que no tenía nada que perder. En Waterloo, al parecer, hay habitaciones libres.