Opinion · Tierra de nadie

El ojo de Rufián

En algún momento lo llegó a explicar Freud, que a la hora de establecer el inicio de la civilización era como Aznar datando la antigüedad de la nación española: la primera persona que insultó a su semejante en vez de apalearle puso la primera piedra del progreso y permitió a la especie dejar atrás la barbarie. Visto así, lo vivido este martes en el Congreso entre los diputados Gabriel Rufián y Beatriz Escudero, el “imbécil” y la “palmera”, fue un intercambio cultural de alto nivel del que tendríamos que sentirnos orgullosos.

Ocurre con Rufián que es muy reincidente en este tipo de saltos evolutivos, de manera que cada vez que habla cabe prever alguna manifestación de esa pasión civilizatoria suya que empieza a resultar bastante cansina. Asegura la representante del PP que además fue un machista por guiñarle el ojo, algo que el de Esquerra niega, y que en ningún caso justificaría su condición de imbécil. Rajoy, sin ir más lejos, tuvo momentos en los que convirtió su ojo en un rifle de repetición y a nadie se le ocurrió describirle como un falócrata atontado.

Rufián es de los que guiñan el ojo para apuntar mejor y, gracias a la colaboración de sus colegas de escaño, casi siempre consigue dar en el blanco. Ayer nuevamente volvió a demostrar que es el rey de la ópera bufa, un provocador compulsivo que se alimenta de retuits, el puchero preferido de una nueva hornada de políticos que llaman la atención a gritos como la madres desde el balcón para que los niños suban a por la merienda. Rufián tiene mucho ojo para conseguir hacerse notar pese a lo previsible de sus camorras.

El republicano es un comediante que, guiñando uno de sus ojos, es capaz de abrir los nuestros de par en par. La enseñanza que nos viene regalando con sus intervenciones en la comisión que investiga la financiación del PP y su caja B es que el Congreso debería perder el tiempo en otras cosas más productivas. Que Aznar el otro día o Cascos ayer mismo logren irse de rositas o, incluso, salir a hombros, y que además se lo pasen en grande con sus monólogos demuestra hasta qué punto tenía razón Belmonte cuando explicó que la razón de que uno de sus banderilleros hubiera conseguido ser gobernador civil, o sea político, era que había degenerado bastante.

El cruce de insultos entre Rufián y Escudero no sólo puso sordina a las alabanzas de Cascos a Bárcenas, en agradecimiento quizás a que, como tesorero, metió en el bolsillo de su chaqueta más sobres que a un buzón de correos, sino que solapó otras ofensas a la inteligencia colectiva que ayer se perpetraron. Una de ellas fue la negativa de PSOE, PP y Ciudadanos a aceptar la comparecencia del comisario y especialista en sonido Villarejo para que diera cuenta de su increíble fonoteca, aunque, habida cuenta del nivel de los maletillas, el trasteo habría sido inútil. La otra, la justificación del presidente para negarse a acudir al Senado a responder sobre su tesis doctoral tal y como había prometido, ausencia con la que la Cámara, según dijo, evitaría su desprestigio. Como se ve, los insultos ni están patentados ni tienen por qué consistir en palabras gruesas y soeces; pueden ser tan sutiles como la herida profunda de un estilete.

La verdad es que tampoco resulta extraño que el Parlamento parezca en ocasiones una tasca de 350 parroquianos que se maldicen entre ellos al tercer chato de vino. Hace ya varios siglos que se cantaba aquello de que Madrid era ciudad tan bravía que, entre antiguas y modernas, tenía 300 tabernas y una sola librería. Gracias a los representantes del pueblo y al ojo de Rufián, la proporción se mantiene inalterable.