Opinion · Tierra de nadie

La ministra bocazas

De las cloacas del Estado alimentadas por el PP, es decir del excomisario Villarejo y su fonoteca, y de la derecha, de la extrema derecha y de la extrema extrema derecha, concepto éste último que escapa al entendimiento salvo que se trate de algo parecido a esas dobles negaciones que afirman y haga relación a una parte de la izquierda. De todos ellos se declaraba este miércoles víctima la ministra de Justicia, olvidando que siempre tuvo al verdugo en casa. Dolores Delgado ha sido víctima de sí misma y de sus relaciones, de su ingenuidad, de su prepotencia y, sobre todo, de su incontinencia verbal. Alguien que es víctima de tantas cosas a la vez es difícil que pueda ocuparse normalmente de sus responsabilidades en el Gobierno.

La polivíctima de Justicia debió haber hecho ayer en el Congreso un ejercicio de autocrítica y reconocer todos sus errores desde que su nombre apareció primero vinculado a la investigación judicial sobre el pocero mayor del reino y luego se conocieran por entregas las grabaciones de su comida de 2009 con el personaje, otros mandos policiales y su amigo Baltasar Garzón. Delgado debió aparentar humildad, pero hizo todo lo contrario. Debió asumir que se equivocó y, en vez de eso, pasó al ataque y encadenó justificaciones absurdas sobre la causa de sus desdichas.

La ministra hizo mal en presentarse como el instrumento de un chantaje, o de un intento de chantaje, como luego matizó, porque eso significaba mostrarse como alguien extorsionable, lo cual es incompatible con el cargo. No se le atacaba por ser mujer, ni por ser la marioneta de Garzón, por mucho que algunos medios lo hayan sugerido abiertamente. Ni siquiera era necesario que estableciera una relación directa y exclusiva entre Villarejo y el PP, ya que lo normal es que se le recordara que lo que se celebraba en la comida de marras era la medalla que el Gobierno del PSOE había concedido al excomisario.

Delgado tenía que demostrar ayer que era capaz de salir del laberinto en la que ella misma se había metido sin la precaución de tirar chinitas al suelo para volver sobre sus pasos. No era fácil porque si inexplicables han sido sus cambios de versión- de no conocer al innombrable, pasó a negar una “relación profesional” y de ahí a admitir al menos tres encuentros- más aún lo era la familiaridad que reflejaban las grabaciones y, sobre todo, su falta de compostura y sus indiscreciones con el sujeto y sus amigotes.

La ministra pretendió dejar de lado los audios con la excusa de su obtención ilícita aunque a estas alturas ya era imposible disociar su figura del contenido de unas cintas que mostraban la doble personalidad de la entonces fiscal: una mujer progresista, feminista y comprometida con la lucha antiterrorista en su faceta pública, y una chismosa tabernaria que denigraba a un compañero por su condición sexual o que revelaba encuentros con menores en Colombia para alimentar una tertulia de chusqueros ante unas botellas de vino.

El vino, en realidad, habría sido mejor excusa para justificar esa bipolaridad entre la servidora pública ejemplar, que lo ha sido, y ese Hyde bocazas que apostillaba con un “éxito garantizado” la revelación de que Villarejo había creado una red de extorsión con prostitutas para chantajear a empresarios y famosos. Contra quien luchaba Delgado era contra si misma. Las cloacas del Estado se limitaron a certificar su derrota.