Opinión · Tierra de nadie

La cloaca máxima

A los antiguos romanos se les fue la mano con el politeísmo hasta el punto de que la Cloaca Máxima, la gran alcantarilla de la ciudad que atravesaba el Foro hasta desaguar en el Tíber cerca del Puente Palatino, tenía su propia deidad, Cloacina, diosa de las letrinas y los desagües, y con el tiempo diosa de la pureza y protectora del coito en el matrimonio, se supone que para prevenir venéreas conyugales. Herederos de Roma, nuestras alcantarillas son una pasada y cuentan con su propio dios, el excomisario Villarejo, al que en vez de santuario le hemos puesto en una hornacina en Estremera con él dentro.

Desde esta capilla prisión, nuestro divino príncipe de las cloacas se ha propuesto esparcir sus heces a diestro y siniestro, siendo en esta ocasión la exministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, la bendecida por sus inmundicias. Por lo que vamos sabiendo, gracias a la intercesión de su marido Ignacio López del Hierro, una especie de sumo sacerdote de esta religión, Cospedal fue visitada por Villarejo en su despacho para revelarle varios secretos al estilo de los misterios de Fátima. A saber: que la policía investigaba corrupciones del PP en Valencia, Alicante y Murcia, que las trituradoras de papel debían ponerse en marcha y que lo de la Gürtel y los pagos en B no había dios que lo parase aunque sí retrasarlo.

De lo escuchado hasta el momento se infiere que el excomisario suministraba información al PP con la antelación suficiente como para permitirle destruir pruebas y dificultar las investigaciones. No se trataba de conversaciones de Villarejo con un particular, como argumentaba la hoy diputada antes de conocerse que ella misma le recibió a puerta gayola en la planta seis de Génova, sino la evidencia de que la secretaria general del PP conocía la corrupción de su partido y, lejos de intentar erradicarla, colaboró en su encubrimiento.

Pablo Casado, que en su día pidió la dimisión de la ministra Dolores Delgado por ocultar su relación con Villarejo y por su posible participación en una “estructura parapolicial”, ha hecho mutis por el foro ante los chivatazos de Villarejo a quien hizo posible que hoy sea presidente del PP gracias a su apoyo en el Congreso. No había mejor forma para coronar sus 100 días al frente del partido.

Más allá de que las nuevas grabaciones arruinen la supuesta candidatura de Cospedal a las elecciones europeas o la empujen a renunciar a su acta, lo que demuestra la fonoteca de extorsiones del dios de las cloacas es la facilidad con la que los dirigentes políticos sucumbieron a sus golosinas y se prestaron a alistarse a su guerra sucia al margen de la ley o, cuando menos, a convivir con sus deyecciones. Confirma su bajeza y, en cierta forma, su ingenuidad por ignorar a Franklin y pensar que tres pueden mantener un secreto sin que dos de ellos hayan muerto.

Más ingenuo aún sería creer que este inframundo de excrementos empieza y acaba en Villarejo. Los Estados, como en su día se encargó de recordar Felipe González, mantienen activas sus alcantarillas como defensa, y por ellas circulan sobornos, extorsiones, ajustes de cuentas y hasta ejecuciones extrajudiciales. El nuestro lleva demasiado tiempo podrido y de vez en cuando nos escandalizan sus efluvios.