Opinion · Tierra de nadie

El mercado persa de las víctimas

Se ha desatado en la derecha una dura competencia por atraer hacia sus filas a familiares de víctimas, de cuya exhibición hacen bandera. Se trata de una vieja estrategia que suele ponerse en marcha en períodos preelectorales y que pretende aprovechar el dolor de estas personas y la empatía que suscitan para apuntalar eso que se ha dado en llamar populismo punitivo, cuya máxima expresión es la llamada prisión permanente revisable, un eufemismo para definir a la cadena perpetua.

El PP ha estado siempre a la cabeza de esta instrumentalización del sufrimiento pero la aparición de nuevos actores políticos en sus márgenes más retrógrados ha convertido la captación de estos supuestos iconos del dolor en un auténtico mercado persa. Así, al anuncio de que el padre de Marta del Castillo se desvinculaba de los populares para adherirse a Vox, éstos han respondido con el fichaje del Juan José Cortes, padre de Mari Luz, la niña asesinada en Huelva hace diez años.

Lo de Cortés con el PP es una vieja historia. El partido le nombró en 2010 asesor de Justicia, como si el hecho de haber perdido dramáticamente a su hija le convirtiera en un experto en la materia. Duró poco el idilio porque al año siguiente se vio implicado en un tiroteo, caso del que quedó absuelto, y los entonces chicos de Rajoy le hicieron la cobra. Fue el exministro Zoido, por entonces alcalde de Sevilla, quien le recuperó nuevamente como asesor en temas de exclusión social. Con Casado ha vuelto a ascender a la categoría de emblema.

Objeto pionero en este uso pornográfico de las víctimas fue Ortega Lara, que acabó poniendo al PP de vuelta y media y al que ahora puede verse en la dirección de Vox. Algo parecido ocurrió con Francisco José Alcaraz, quien desde la AVT propició que la asociación se transformara en una sucursal de los populares, hasta que sus excesos resultaron inconvenientes y llegaron a provocar el rechazo de una parte significativa de la sociedad por su sectarismo. Con el fallecido Jesús Neira se alcanzó la cima de lo grotesco. Bendecido por Esperanza Aguirre como un símbolo contra la violencia de género, en dos años pasó de héroe a villano. Neira parecía un gran descubrimiento cuando al poco de salir del coma empezó a insultar a Zapatero en las tertulias, pero sus ataques a la democracia, la defensa de su derecho a usar pistola y su detención tras triplicar la tasa de alcoholemia obligaron al PP a retirarle a toda prisa de sus altares.

Para la derecha siempre hubo víctimas de primera o de segunda en función de sus intereses. En este segundo grupo situó a Pilar Manjón, la voz más auténtica y digna del 11-M, contra la que se desató una miserable campaña de descrédito por su empeño en exigir responsabilidades y disculpas, por tener ideología y exhibir una altura moral que empequeñecía a tantos miserables. O a las víctimas del franquismo, ignoradas y despreciadas durante décadas, y de las que Rafael Hernando llegó a decir que sólo se acordaban de desenterrar a sus padres cuando había subvenciones de por medio.

Las víctimas, como se ha dicho aquí reiteradamente, merecen respeto y solidaridad pero  ni podían dirigir la política antiterrorista cuando ETA existía ni pueden inspirar los cambios del Código Penal para reprimir a los delincuentes, por la misma razón que nadie espera que los heridos en accidente de tráfico planifiquen la red de carreteras del Estado. No es su culpa servir como banderines de enganche a determinadas políticas reaccionarias y, si es realmente su deseo, hacen bien en obtener provecho personal a su instrumentalización. Ello no resta un ápice de indecencia a quienes pretenden sacar tajada de sus terribles historias.