Opinion · Tierra de nadie

Marchena y los titiriteros

En torno a la figura de Manuel Marchena, el flamante y novísimo adalid de la independencia judicial, existen dos hechos irrefutables. El primero es su indiscutible calidad técnica como jurista, algo que sus colegas le reconocen casi por unanimidad; el segundo es su adscripción ideológica al PP, casi tan incuestionable como lo anterior. En el seno del Supremo abundan los magistrados conservadores pero Marchena es el PP en mayúsculas, su nuncio en el Tribunal, su togada referencia con puñetas de encaje.

Marchena tiene sus obsesiones. La más conocida se llama Garzón, al que trajo por la calle de la amargura con una instrucción de tres años por aquellos cursos de Don Baltasar en Nueva York a cuenta del Banco Santander, la famosa causa del “querido Emilio”, que acabó archivando por prescripción no sin antes atribuirle un delito de cohecho impropio. Y también tiene sus detractores, que le buscan la vueltas a cuenta de la creación de una insólita plaza de fiscal para su hija Sofía gracias a los oficios de la directora de la Escuela Judicial de Barcelona, Gema Espinosa, a la sazón esposa del magistrado Pablo Llarena. Que Marchena esté llamado a presidir el juicio a los líderes del procés encausados por Llarena ha servido para alimentar la maledicencia.

Desde este martes Marchena es, además, espejo de rectitud por su renuncia a prestarse al enjuague con el que PP y PSOE habían aliñado la composición del Consejo General del Poder Judicial en el que se le reservaba su presidencia y la del Tribunal Supremo. No es habitual que en medio del cambio de cromos uno de ellos salga respondón y arruine el cambalache, aunque hay veces que no sólo obliga la nobleza sino también las circunstancias.

Lo que ha molestado al juez no ha sido una componenda de la que hay que suponerle informado, si no por Pedro Sánchez, que es de los que le organiza a Portugal un Mundial de fútbol sin que se entere, sí por quienes le creían en la nómina de sus afectos. Con lo que no ha podido tragar es con el papel de capataz que le asignaba el portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó, que debería haber dimitido ayer mejor que hoy pero los miembros del Opus conjugan mal ese verbo. Al magistrado le ha podido la humillación de verse retratado como la marioneta perfecta para controlar “desde atrás” la Sala de lo Pena y la del 61, es decir las que juzgan a políticos y deciden sobre los partidos. Su arranque de dignidad es una reacción epidérmica que no hay que interpretar como independencia sino como urticaria.

Marchena ha intentado escapar a la deshonra a la que le condenaban unos desvergonzados titiriteros que nada más conocer su insólita abdicación preventiva se rasgaban las vestiduras y se culpaban mutuamente del estropicio. En su huida se ha encaramado a un pedestal y ha empezado a ser adorado como la encarnación del libre albedrío. No es que los dioses estén locos; los que están de la olla son los creyentes.