Opinion · Tierra de nadie

Blanqueando a la ultraderecha

La extraña campaña electoral andaluza ha brindado episodios memorables. Se han visto cosas que no se creerían y que superan con mucho a lo de atacar naves en llamas más allá de Orión. Nunca podremos olvidar a Moreno Bonilla pidiendo el voto a una vaca, o a Teresa Rodríguez en plan Khaleesi comprando dragones para su Guardia de la Noche, ni, por supuesto, a Santiago Abascal emulando a Don Pelayo y cabalgando con sus huestes en su delirante Reconquista. La más discreta ha sido Susana Díaz, de la que nada se recordará porque su discurso es un oscuro vacío sideral donde brillarían como neones esos Rayos-C que iluminaban la puerta de Tannhäuser.

Pese a estos sucesos extraordinarios, las elecciones andaluzas de este domingo serán recordadas por la irrupción de un partido de ultraderecha, Vox, que más que hacer historia la ha ido contando a su manera, desde la invasión francesa a la conquista de Granada de los muy católicos Isabel y Fernando, pasando por las Navas de Tolosa o la gesta de Colón que, al parecer, partió de Palos de la Frontera para protagonizar “la mayor obra de reconciliación de la humanidad”, en línea con lo ya avanzado por Pablo Casado cuando comparó el hito de la Hispanidad con el Imperio Romano.

Se aventuraba aquí hace unas semanas que el peligro que suponía Vox no era su crecimiento electoral ni que consiguiera colar a algunos de sus candidatos en las instituciones, sino su efecto contagio en aquellos partidos con los que hace frontera ideológica. Más allá de esa infección ya detectada, lo que deja esta campaña es el blanqueamiento de la ultraderecha como fuerza constitucionalmente homologable con la que, llegado el caso, se pactaría sin rubor alguno.

Aceptar los votos de Abascal es legitimar su discurso xenófobo, con sus deportaciones masivas o sus muros infranqueables en Ceuta y Melilla, y su desprecio a la causa feminista -“que ya no busca que las mujeres sean como los hombres sino eliminarlos”-, o a la igualdad de género, una “dictadura” que expande “una ideología marxista-totalitaria que ataca y desprestigia a la heterosexualidad”. Los entrecomillados son de Alicia Rubio, vicesecretaria de Movilización de Vox, una mujer que habría hecho carrera en la Alta Edad Media y que en pleno siglo XXI niega la existencia de la brecha salarial, sostiene que gran parte de las denuncias por violencia machista sólo pretenden conseguir ventaja en los procesos de divorcio y denuncia que se ocultan las cifras de hombres y niños asesinados por mujeres.

En Andalucía se ha asistido al vergonzante coqueteo que Ciudadanos y el PP han mantenido con esa deformada imagen de sí mismos en el valleinclanesco espejo de la islamofobia y el euroescepticismo. Si Albert Rivera se mostraba dispuesto a escucharles y ver sus condiciones, Casado defendía abiertamente la reunificación y aseguraba que estaría encantado de recibir sus votos. Si no puedes con el extremismo, únete. Esa es la consigna.

Lejos de establecer un cordón sanitario en torno a Vox, nuestra derechita sin complejos parece dispuesta a extender a Abascal una alfombra roja si se comporta y deja el caballo a la puerta, que es un animal que lo pone todo perdido con sus bostas. La normalización está en marcha y pronto no recordáremos cómo se inició. Serán lágrimas en la lluvia.