Opinion · Tierra de nadie

Acostarse rojo y levantarse facha

La gran pregunta que ha dejado las elecciones andaluzas remite a Kafka y a su metamorfosis. Quienes hayan leído el relato compartirán que lo más repulsivo no es que alguien se acueste siendo un viajante de comercio y se levante convertido en un escarabajo, sino la transformación que sufre su entorno, que acaba siendo mucho más inhumano que el insecto al que ocultan en su habitación. Nadie entendió las razones por las que Gregorio Samsa se convirtió en un repulsivo coleóptero ni se preocupó de buscarlas. La reacción de la familia se limitó primero al espanto y luego a la ira, que tomó la forma de una manzana incrustada en su caparazón.

Puede que nada de lo anterior venga al caso de Andalucía ni explique por qué cientos de miles de personas mutaron de repente para convertirse en votantes de extrema derecha, pero sería un inmenso error no indagar sus motivos, ya que lo que no cabe esperar es que, como el infortunado comerciante, los metamorfoseados se recluyan en sus dormitorios para ver si se les pasa ni, por supuesto, se dejen morir de hambre para aliviar a sus horrorizados parientes.

Aquí, pese a los sucesivos brotes de racismo vividos, se ha presumido absurdamente de anticuerpos para un virus que no ha hecho sino extenderse por Europa con un caldo de cultivo menos favorable incluso que el nuestro. Nuestra supuesta comprensión hacia los inmigrantes acabó con la crisis económica y de nada valieron los esfuerzos –muy escasos por cierto- para hacernos entender que su presencia era la que explicaba buena parte de nuestra prosperidad anterior y que, sin ella, no hubiera sido posible ni el vertiginoso acceso de la mujer al mercado de trabajo ni el sostenimiento de las pensiones y del estado del Bienestar en su conjunto, al que aportaron mucho más de lo que recibieron.

Tragamos entonces con los inmigrantes pero con condiciones: que aceptaran los trabajos que nadie quería y si era por la voluntad aún mejor; que no se dejaran ver mucho por la calle, que eso daba muy mala imagen y esto no era Casablanca; que no pusieran la música muy alta, que aquí nunca hemos dado que hablar; que se curaran ellos solos, que bastante teníamos con nuestras listas de espera para encima soportar más retrasos por culpa de estos muertos de hambre; y, finalmente, que volvieran a sus países cuando se quedaran en el paro porque el cupo de la sopa boba ya estaba cubierto.

Los más pudientes apenas si tuvieron conflictos con ellos porque los inmigrantes con los que se relacionaron solían formar parte de su servicio doméstico y hasta hablaban tagalo y se lo enseñaban a los niños, como la criada filipina de Lucía Figar. Los problemas surgieron en los barrios más humildes, en los rellanos de las escaleras donde la convivencia era inevitable, especialmente cuando llegaron las vacas flacas y prendió la idea de que el vecino búlgaro o marroquí eran como termitas que devoraban las ayudas sociales habiendo españoles con pedigrí tan necesitados. El caso es que fallamos con el diagnóstico: no era a los inmigrantes a los que había que integrar sino a nosotros mismos. Y ello sólo era posible con más recursos públicos, justo lo que sigue faltando, porque la vacuna infalible contra la xenofobia es el dinero.

Así que ha bastado que alguien dijera públicamente lo que muchos proferían en los bares, que prometiera muros infranqueables en las fronteras, deportaciones masivas, restricciones sanitarias y hasta demoliciones de mezquitas para que decenas de miles, que el día anterior se acostaron siendo del PP, del PSOE y hasta de Podemos, se sacudieran los complejos y se levantaran con la papeleta de Vox en la mano dispuestos a cerrar la puerta y echar el cerrojo.

La recreación de ese imaginario país de españoles muy españoles tiene como corolario la exaltación de un patrioterismo rancio que busca la grandeza en la Enciclopedia Álvarez, con sus católicos reyes, sus colonizaciones y conquistas y sus imperios donde no se ponía el sol ni con el horario de invierno. Expulsados judíos, moriscos y rumanos, conjurado el peligro exterior, sólo queda neutralizar al enemigo interno, ese independentismo que si ha florecido ahora es por ese cáncer de las autonomías que ha facilitado la división, el despilfarro y la corrupción. Poco importa que Cataluña siga siendo la locomotora económica del país, la segunda comunidad más poblada, el primer destino turístico o que represente casi la quinta parte de la riqueza nacional. No se trata de convencer sino de someter y castigar ejemplarmente a los sediciosos y a sus seguidores, aunque sean dos millones de personas.

Quienes han aceptado su conversión a la extrema derecha han sido convencidos de que la culpa de sus males es siempre de los demás, ya sean inmigrantes, catalanes o burócratas de Bruselas. Ese orgullo inflamado es el que les hace aceptar soluciones fáciles a problemas complejos. Lejos de establecer un cordón sanitario en torno a los propagadores de la enfermedad, hay partidos dispuestos a intercambiar sus miasmas y extender el contagio. Vayan preparando las vacunas o habrá muchos más casos de esta explicable metamorfosis.