Opinión · Tierra de nadie

Torra no puede hacer turismo

El turismo tiene un componente de emulación nada despreciable del que resulta difícil de escapar. De la India, por ejemplo, se suele volver con toneladas de espiritualidad que se dilapidan en dos semanas y de las que no somos conscientes porque los de Ryanair andan distraídos y no te cobran por el exceso de equipaje. Si uno visita en su rancho a un presidente de EEUU es muy probable que se arranque a hablar en chicano. Los viajes se interiorizan primero y se exteriorizan después, y eso es lo que le ha pasado a Quim Torra en este puente al regresar de Liubliana, capital de Eslovenia.

Antes de iniciar su ayuno por los presos de Lledoners y, como si hubiera sentido la necesidad de hidratarse previamente con algún licor del mueble bar, Torra propuso a los catalanes imitar la vía eslovena a la independencia y hacerlo con todas las consecuencias, sin miedo y dispuestos a todo para ser libres. Como era de esperar, al president le han dado hasta en el cielo de la boca tras un repaso a la historia eslovena, un balance de las decenas de muertos que costó la secesión y un busque y encuentre las siete diferencias entre España y Yugoslavia.

Si uno fuera un analista de la cosa catalana posiblemente concluyera que la nueva estrategia de un sector del independentismo pasa por el cuanto peor mejor, y eso incluye no sólo la desestabilización política en Madrid aprovechando la debilidad parlamentaria del Gobierno, sino también un cierto clima de represión que, en ausencia de nuevas brigadas Piolín, se genera a través de los propios Mossos y sus cargas. La imagen de Torra pidiendo explicaciones a su conseller de Interior por la supuesta brutalidad de la Policía catalana contra los Comités de Defensa de la República, como si ésta fuera un cuerpo extraño en el ojo de la Generalitat, es cuando menos surrealista. Casi tanto como que un puñado de activistas puedan cortar durante quince horas una autovía sin que algún uniformado haga acto de presencia para preguntarles a qué viene tanto alboroto.

Así que tras una etapa de aparente distensión y de incesantes reuniones entre ministros y consellers -se cuentan 22 en los últimos meses- se ha impuesto la idea de que el buen rollo sólo conduce a la melancolía y que toca de nuevo tensar la cuerda, tarea a la que gozosamente se prestan algunas fuerzas políticas situadas según se mira a la derecha, a las que no se les cae de la boca la exigencia de aplicar de nuevo el artículo 155 durante un par de lustros, que por tiempo no va a ser.

Sin restar méritos a ese prestigioso Tribunal Supremo que mantiene en prisión a los dirigentes del procés por  otro artículo, el 33, todo parece encaminado a caldear el ambiente hasta el juicio, con algún sobresalto térmico previo, tal que la huelga de hambre que han iniciado cuatro de ellos, cuyo fundamento no hay que poner en cuestión pero que, en algún momento, provocará su paso por la enfermería con la consiguiente indignación popular.

Dando por descontadas las condenas y la inmediata convocatoria de elecciones, podría pensarse que estamos en una peligrosa precampaña con el objetivo de propiciar una incontestable mayoría independentista en el Parlament que corrigiera de esta forma una de las principales diferencias respecto del caso esloveno.

La clave la vino a dar el exconseller Toni Comin,  quien, en el mismo acto en el que Torra  mostraba el nuevo rumbo, creía llegada la hora de pagar el precio “alto, injusto, pero inevitable” de la libertad, que no se conseguirá con un pulso entre instituciones, sino entre España y la sociedad catalana. “Si se hace así, su represión tarde o temprano colapsará”, dijo. En definitiva, que la independencia no depende de un referéndum pactado sino de la presión en la calle de los catalanes y de la presumible reacción hiperventilada de Madrid.

Se puede estar de acuerdo con la idea de que sean los catalanes los que decidan su futuro sin por ello dejar de alertar de este irresponsable jugar con fuego al que parece entregado el inquilino del Palau y su mentor de Waterloo. Hay que animar a Torra a viajar más a Quebec y a Escocia y menos a los Balcanes. Eso, o prohibirle directamente que haga turismo.