Opinión · Tierra de nadie

Una ley mordaza para los ministros

Mientras se suceden las encuestas y los estudios electorales con resultados variopintos y a gusto del consumidor, en el PSOE se ha decidido que la mejor manera de mantener alguna esperanza en los comicios autonómicos y municipales de mayo es que los ministros se abstengan de expresar sus opiniones personales, en la línea apuntada por Larra sobre la autocensura con su genial “Lo que no se puede decir, no se debe decir”  que un siglo después Wittgenstein convirtió en el último aforismo de su Tractatus: “De lo que no se puede hablar es mejor callarse”.

El Comité Electoral de los socialistas ha llegado a esta conclusión tras comprobar que cada vez que habla un miembro del Ejecutivo sube el pan y, ante el temor a una inflación desbocada y a una hambruna innecesaria, ha implorado a los ministros que pongan punto en boca y se aten la lengua con un nudo marinero tipo as de guía. Según se ha sabido, fue el ministro Ábalos el encargado de trasladar al Gabinete las virtudes del silencio. Lo hizo de manera tan realista que, al mismo tiempo, deslizó su idea de que lo mejor era no celebrar en Barcelona el Consejo de Ministros previsto para este viernes, algo por lo que fue desautorizado en menos que canta un gallo.

La medida puede parecer extrema, y más teniendo en cuenta que el respetable ya se ha acostumbrado a esos dimes que son diretes y que hasta en bet365 se han planteado ampliar el negocio y aceptar que se crucen apuestas sobre cuánto tarda un ministro en comerse sus palabras, ya sea motu propio o a instancias del resto de sus compañeros o de la dirección socialista. Sin embargo, se hizo urgente al hilo de las reflexiones sobre la caza y los toros de la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, partidaria de prohibir ambas actividades y “disfrutar de los animales vivos”.

El espíritu animalista de Ribera se topó con las acusaciones de irresponsable e ignorante, no ya de cazadores y taurinos, que era de esperar, sino de su colega de Agricultura y de varios presidentes autonómicos socialistas, que tuvieron que salir a explicar lo bueno que es para el medio ambiente y el mundo rural que se críen reses de lidia y se mate a la madre de Bambi, que está estupenda con patatas. Recordaron además que en España hay 850.000 cazadores federados que, además de pegar tiros, también votan, y que bien podrían hacerlo a Vox, cuyo armado líder es de los que predican con el ejemplo.

Así que tras comprobar el peligro de que las opiniones personales de los ministros contradigan a la política del Gobierno o que el propio Gobierno no se vea representado en lo que piensan sus integrantes, la dirección del partido ha optado por sugerir una suerte de ley mordaza para estos lenguaraces. Se evitaría así, por ejemplo, que el valenciano Ximo Puig, que es el único de los baroncitos que apoya la estrategia de Pedro Sánchez en Catalunya, se viera enfrentado al imposible metafísico de que se le erizara el cabello ante un hipotético comentario despectivo de Pedro Duque sobre la paella, o que alguna ministra abstemia la emprendiera contra el vino y García Page tuviera que beberse una barrica de una sentada para calmar a sus electores de La Mancha.

Ya explicaba Pla que opinar era algo tan sencillo que estaba al alcance de todo el mundo, algo de lo que se da fe en esta columna. Este “por qué no os calláis” tan campechano y tan emérito que se lanza desde Ferraz parece un deseo navideño de esos que nunca se cumplen. Veremos.