Opinion · Tierra de nadie

Rubalcaba desprecia a Pedro Sánchez

Ha adoptado Pedro Sánchez una actitud tan cristiana con quienes fueron sus adversarios en el PSOE que es para hacerse cruces. Será porque en las resurrecciones políticas uno también ve una luz al final del túnel y en algún momento una voz aconseja la bobada de escribir los agravios en la arena y dejar que la marea los borre. El caso es que para algunos de los que fueron sus detractores más encarnizados en la pelea interna por la secretaría general, es decir, para los dinosaurios más feroces de la vieja guardia, Sánchez ha levantado un parque jurásico monísimo al que se acerca periódicamente a pedir consejo.

La reconciliación que el hoy presidente del Gobierno está practicando con alguno de sus antecesores es encomiable. El caso más destacado es el de Zapatero, que se ha sumado a su causa con un fervor inimaginable y con el que no hay día que no cruce llamadas y mensajitos. Algo menos intensos pero también periódicos son sus contactos con Felipe González, que le tenía en tanta estima que dudaba de su capacidad para hablar más de media hora sobre España. De tantos pelillos a la mar que ha debido arrojar por la borda, el Mediterráneo de Sánchez es hoy algo muy parecido al sumidero de una bañera esperando al fontanero de guardia.

El único que se le ha resistido es Alfredo Pérez Rubalcaba, un olmo muy talludito al que Sánchez se ha acercado no ya para pedirle peras sino la repera: ser el candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid. Y con idéntica pasión vegetal, el Fouché de los socialistas le ha mandado con muy buenas palabras a freír espárragos.

Dicen que Rubalcaba está muy retirado de la vida pública, hasta el punto de que se complace en ver pasar los días entre sus clases de Química orgánica y algunas charlas y lecciones magistrales sobre comunicación política, en las que, al parecer, suele compartir un vídeo de Pedro Duque explicando por qué puso su chalé a nombre de una sociedad patrimonial e ilustrar así lo que nunca se debe hacer en caso de crisis y, ya de paso, echarse unas risas.

Siente Rubalcaba por Sánchez un profundo desprecio intelectual y personal, agravado por el castigo que la dirección del PSOE impuso a su protegida Elena Valenciano al impedirle optar a la presidencia de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, el grupo de los socialdemócratas en el Parlamento Europeo. Valenciano hubiera tenido muchas opciones de sustituir al italiano Pitella, que dimitió para ser senador en su país, pero los de Sánchez, que no siempre pusieron la otra mejilla, optaron por no avalar su candidatura y alinearse con la del alemán Udo Ullman. Ni que decir tiene que en la futura candidatura al Parlamento Europeo, la que fuera su cabeza de lista ni estará ni habrá nadie que la espere.

Bien es verdad que el exsecretario general no tiene el cuerpo de jota, pero en su negativa a aceptar el caramelo municipal ha pesado más su desacuerdo general con Sánchez, de cuyas acciones es difícil encontrar alguna con la que manifieste la más mínima simpatía. Desde la propia moción de censura apoyada por los independentistas a la política de zanahorias con la Generalitat, pasando por la numantina resistencia a convocar elecciones o el ofrecimiento de España para acoger a los inmigrantes del Aquarius, el desdén de Rubalcaba ha sido patente y en sus conciliábulos no se ha mordido jamás la lengua, quizás por el peligro evidente de envenenamiento.

Descartado pues el cántabro para la cruzada sanchista, el ofrecimiento de la candidatura a un peso pesado del partido implica aparentemente que el PSOE se toma en serio la alcaldía de Madrid y que no se resigna a ser el convidado de piedra cuando no el báculo de Manuela Carmena ahora que tiene el tobillo hecho trizas. No descartemos que ahora mismo Sánchez ande llamando a otras puertas y que de alguna salga Bono despeinado y con un batín de cuadros.