Opinión · Tierra de nadie

Muy fan de Pedroche

A Cristina Pedroche le han puesto a escurrir por su biquini de flores y por su campanudo sermón ecofeminista de fin de año. Hubiera sorprendido lo contrario, especialmente a su cadena. En la lucha por la cuota de pantalla, que es de lo que se trataba, ganó la 1 con Anne Igartiburu y su manga pastelera pero Atresmedia consiguió atraer a más de 4 millones de espectadores, pendientes todos de esta mujer y de sus transparencias, que finalmente no fueron tales sino una especie de centro de mesa rosa y violeta escondido bajo una capa de Caperucita.

El vestido o no vestido de Pedroche ya es una tradición, el plato fuerte antes de ese peligroso postre de uvas que atraganta a niños y a veces les mata. Pero aquí no respetamos las tradiciones y atacamos a las glorias nacionales, ya sea Pedroche o su marido, que ya está tardando en probarse el biquini de su santa subido a las correspondientes sandalias de tacón y montar el pollo en Instagram.

Que hablen de ti aunque sea mal es una bendición en estos tiempos de audiencias y likes. Con su alegato contra el calentamiento global esta chica ha hecho en medio minuto más que una campaña de Greenpeace y tres sermones de López de Uralde juntos. Y con su denuncia del terrorismo machista, ha concienciado más que cierto feminismo que no acaba de entender que el hábito nunca hizo al monje y que la cosificación de la mujer no consiste tanto en desnudar su cuerpo como en encorsetar su alma.

De ahí que no se entienda muy bien lo que se critica o se entienda demasiado. En medio de tanta advertencia sobre riesgos e incertidumbres, hartos de Brexit, de guerras comerciales, de Bolsonaros y de Trumps, de pederastas con sotana, de guerracivilistas, de trenes que se paran, de fondos buitres y de corruptos, las pedrochadas de fin de año sientan bien hasta a los inquisidores del país, que pueden comenzar el año condenando sumariamente mientras dan sorbos a la copa de cava y martirizan a quienes les rodean.

A Pedroche no la perdonan que se aproveche del sistema sin renunciar a sus orígenes, que haga caja con sus posados, que sea elegantemente vulgar y, por supuesto, que no sea del PP y que además lo diga. Critican lo que vende cuando es mucho más aquello con lo que no comercia, a diferencia de quienes tienen todo puesto en almoneda, fenicios de la fama que prostituyen sus conciencias por la simple expectativa de un plato de lentejas, algo muy común, por cierto, en la política y en el periodismo.

A los de San Blas nos gusta esta chica de Vallecas porque resulta auténtica, aunque su biquini al final sea un remedo florido de otro de Yves Saint Laurent, y porque desafía a todos, incluso al frío de diciembre. Será mañana, que diría otra gloria nacional y del PP, cuando hablemos de Gobierno.