Opinión · Tierra de nadie

El sicario del Ibex

En paralelo con su nueva carta-manta en la que advierte a Pedro Sánchez de que contará todo lo que sabe sobre el CNI, se ha dado a conocer el contrato que el BBVA, es decir Francisco González, firmó con el excomisario Villarejo para que frustrara el asalto de la constructora Sacyr a su consejo de administración allá por 2004, un tiempo lejano en el que hasta el líder de Vox era de centro. Las cosas bien hechas bien parecen. Si hay que recurrir a un grupo mafioso para espiar la vida íntima de sus adversarios y controlar miles de sus llamadas telefónicas en tiempo real, se recurre, pero por lo legal, con facturas con IVA y con cláusulas de confidencialidad, libre disposición y dedicación exclusiva.

De los detalles del asunto se les supone informados, pero baste decir que en aquellos días, dicen que inspirado por Miguel Sebastián -jefe de la Oficina Económica de Zapatero en Moncloa y poco antes despedido del servicio de estudios del banco- un señor de Murcia llamado Luis del Rivero, integrante de la más alta nobleza del ladrillo, se propuso dar un golpe de mano en el BBVA y jubilar a Francisco González, ese banquero sempiterno que sólo ahora, cuando le cederían el asiento en los autobuses si es que alguna vez se bajara del coche oficial, ha aceptado dejar la presidencia ejecutiva de la entidad, a la que llegó de la mano de Aznar vía Argentaria. Eso sí, a cambio de 80 millones de euros de pensión.

La operación, en la que participaron maestros del pelotazo como Juan Abelló, consejero por aquel entonces del Santander; exdirectivos del BBVA del llamado clan de Neguri, a lo que González defenestró por un quítame allá esos fondos de inversión opacos en la isla de Jersey; y por supuesto Matías Cortes, abogado de Polanco y de Prisa, perejil de todas los complots empresariales de la época, era esencialmente un disparate. Del Rivero llegó a hacerse con un pequeño paquete de acciones, defendió su entrada en el consejo del banco en una gira por las emisoras de radio del país, a las que acudía en su Bentley verde descapotable y con chófer –que así se conducían por el mundo esos nuevos ricos tan horteras-, y finalmente desistió de sus propósitos no sin antes obtener jugosas plusvalías.

A estas alturas, lo importante del episodio es el papel del príncipe de los cloacas, es decir Villarejo, que, junto a su grupito de colegas corruptos, institucionalizó desde ese momento la profesión de sicario del Ibex, cuyos prebostes han venido recurriendo a sus servicios a cambio de una pasta gansa. Todo ello fue posible gracias a una red corrupta en la que, además de policías, figuraban jueces, fiscales, políticos de distinto signo y periodistas.

Sin Villarejo y sus filtraciones interesadas no es explicable eso que algunos han llamado periodismo de investigación y que, en gran medida, era un ejercicio de mamporrerismo puro y duro que daba acceso a los dosieres de los bajos fondos. De esos abrevaderos, los de Villarejo y los del gordo García Castaño, han bebido a morro rutilantes estrellas del oficio y han hecho carrera. Algunos son hoy directores de medios, representantes de un ridículo cuarto poder que ha sido cooperador necesario y sostén imprescindible de estos criminales, y que hoy se declara horrorizado ante lo bajo que ha caído la democracia.

González, FG para los amigos, debería estar a estas alturas respondiendo ante un juez por sus presuntas actividades ilícitas y las de su contratado, y con él los directivos de otras grandes empresas que también le metieron en nómina. Desvela ahora Villarejo en su carta al presidente del Gobierno la existencia de un archivo formado por un millón de fichas de personalidades del país con el detalle de sus virtudes públicas y sus vicios privados. Posiblemente exagere, porque en un recuento apresurado no hay personalidades suficientes para tamaño fichero por muchos que fueran sus vicios. Esa era la mercancía que antes vendía al detalle y que ahora amenaza con colocar al por mayor. A la espera estamos de que se abra el período de rebajas.