Opinion · Tierra de nadie

El PP deja de fingir los orgasmos

Más que un dirigente, Pablo Casado se está revelando como un teórico del psicoanálisis, habilidad que debió adquirir cursando algún máster de la Rey Juan Carlos que, por prudencia, aún no ha revelado. El presidente del PP ha colocado al partido en el diván y ha descubierto que su problema no era que se hubiera podrido más que la carne picada fuera del frigorífico o que fuera incapaz de mostrar alguna sensibilidad con los damnificados de la crisis económica y de sus políticas mientras estuvo en el Gobierno. Lo que en realidad afectaba al enfermo era su baja autoestima, producto de una serie de complejos que controlaban sus acciones y le impedían ganar confianza y aprender a quererse.

Para poner remedio a sus males, Casado ha tirado de manual y ha procedido a escuchar esa voz interior del PP a la que Rajoy no atendía porque siempre le pillaba en la siesta y que, al parecer, pedía a gritos que se dejaran de hacer cosas para conseguir la aprobación de los demás. El partido venía a ser en cierta manera una fuerza obsesionada con la línea (de centro) y necesitaba que alguien le quitara la faja para así liberar y exhibir los kilos (de derecha) que ocultaba en su interior. Lo que se vive ahora es un alumbramiento, el nacimiento de un ser bastante orondo que, lejos de conformarse con mostrarse tal cual era, se atreve incluso a bailar un merengue en tanga de leopardo.

La flamante candidata a la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que también tiene algo de psicoanalista sin título, lo ha venido explicando en las miles de entrevistas con las que se ha querido dar a conocer: el PP pensaba una cosa pero decía otra diferente para no escuchar reproches. Fingía los orgasmos. A eso es a lo que Casado y su joven guardia pretoriana quieren poner remedio.

De los complejos del PP había unanimidad respecto al que aquejaba a su líder fetiche, el estadista del ‘mire usted’, cuya arrogancia y prepotencia se atribuía a un sentimiento de inferioridad mal resuelto que le hacía mostrarse como una divinidad con bigote siempre dispuesta a leernos la cartilla y a impartirnos lecciones magistrales al descuido. Sin embargo, era justamente lo contrario. La suya, en realidad, era la auténtica imagen del partido, desnudo y sin disfraces, el ‘sincomplejismo’ perfecto, creacionista, negacionista y todos los istas que se quisieran añadir siempre que significaran circular en dirección contraria como un kamikaze del sentido común.

Liberado de sus corsés de moderación y hasta de modernidad, el PP verdadero es, al parecer, el de Andreíta Fabra y su ‘que se jodan’ a los parados, el que considera que los inmigrantes son las langostas de la plaga bíblica, el que entiende que la ley de violencia de género provoca indefensión a los hombres y apuntala la dictadura de género, el que piensa, como Mayor Oreja, que el franquismo fue un período de extraordinaria placidez y el que niega, en definitiva, que emular a Vox sea un error porque, bien mirado, ellos son el original y los de Abascal la copia a caballo.

La terapia de Casado implica una vuelta a los orígenes. Consiste en elegir candidatos para frenar a Vox que podrían ser candidatos de Vox, y hacerlo además a la antigua usanza, de manera que su primer presidente elegido en primarias reniega de la militancia y recupera esa democracia digital que viene a ser un homenaje a la falange, dicho así en minúscula para que no haya confusiones y los nostálgicos no se llamen a engaño.

Se tiene mucha fe en este viaje a las esencias que debería mostrar la verdadera faz del PP y no ese engendro de centro derecha deformado por el botox. Aunque remota, existe la posibilidad de que la operación vaya bien pero el paciente pierda el ojo. Nada que Casado no pueda solucionar con parche negro y viril como el de Millán-Astray.